De qué hablo cuando hablo de escribir. Haruki Murakami

Escribir novelas no es un trabajo adecuado para personas extremadamente inteligentes. Es un trabajo lento, de marchas cortas. Los escritores expresan algo que está en su mente o en su conciencia en forma de narración. La diferencia entre lo que existe en su interior y ese algo nuevo que emerge supone un desajuste del que se servirá el escritor como si fuera una especie de palanca. Una operación laboriosa, compleja, poco directa. Si la persona tiene un mensaje claro y definido en su mente, no tendrá necesidad de transformarlo en una narración. Es más rápido y eficaz verbalizar esa idea de manera directa. Una persona con extensos conocimientos no necesitará servirse de un “recipiente” extraño como las narraciones, que por naturaleza suelen ser algo enmarañado. Muchos críticos literarios son incapaces de entender una determinada novela o narración porque son más inteligentes y agudos que los propios escritores, y a menudo son incapaces de sincronizar el movimiento de su inteligencia con un vehículo que se desplaza poco a poco, como sucede con las narraciones. Escribir novelas es un trabajo con un rendimiento muy escaso. Consiste en una constante repetición de un “por ejemplo”. Supone una cadena infinita de paráfrasis, como una muñeca rusa de cuyo interior siempre brota una más pequeña. Los escritores son seres necesitados de algo innecesario. Sin embargo, en ese punto indirecto e innecesario existe una verdad. En nuestra sociedad hay muchas capas superpuestas formadas por elementos ineficientes y de poco rendimiento y también por elementos eficientes y muy precisos. Cuando falta alguno de esos elementos (al romperse el equilibrio entre ellos), el mundo se deforma sin remedio.

“Puede que ahora sea duro, pero es muy posible que en el futuro tenga consecuencias positivas”. No abandonar nunca ese punto de vista. Llegué a un lugar menos escarpado y más abierto que antes. Tomé aliento, miré a mi alrededor y me vi a mi mismo de pie en mitad de un paisaje nuevo. Tomé conciencia de que era más fuerte y un poco más inteligente.

Escudriñar lo que hay en ti. Lo que te divierta. Desprenderse de lo innecesario y superfluo. La base de cualquier tipo de expresión artística: una alegría espontánea y abundante. Impulso interior.

Adquirir el hábito de observar en todos sus detalles los fenómenos y acontecimientos  que tienen lugar delante de nuestros ojos. Conservarlas en nuestra mente, sin llegar a conclusiones definidas. Mi cabeza no funciona lo suficientemente rápido para alcanzar una conclusión. En lugar de eso, intento grabar los detalles en mi memoria. Días más tarde, ya tranquilo, con tiempo suficiente, examino el asunto con cuidado, lo observo desde varios ángulos distintos. El escritor es alguien que, a pesar de formarse una idea más o menos clara en su mente, se detiene para repensar cuestionándose a sí mismo. La imaginación es una combinación de recuerdos fragmentados e incoherentes. Información archivada en la taquilla de la memoria. En la mente hay muchos cajones que contienen infinidad de recuerdos e informaciones. Mientras escribo, abro el cajón que me parece que puede ser útil, extraigo el material de su interior y utilizo la parte que conviene a la historia. Mi conciencia dispone de un automatismo gracias al cual recuerdo el contenido de cada uno y lo localizo de inmediato. Es como si la imaginación se separase de la conciencia y empezara a moverse libremente por un espacio tridimensional. Abrir la puerta del trastero, juntar todo lo que podamos (aunque solo sean cacharros viejos) y después esforzarnos por añadir un poco de magia. Descubrir el hecho concreto y maravilloso de que somos capaces de usar la magia. Alguien capaz de escribir una novela es alguien capaz de comunicarse con otros planetas. Aunque el material que tenemos entre manos sea ligero, limitado, una vez bien combinado y sazonado con ese poco de magia, nos permitirá levantar una historia hasta donde queramos.

Los escritores que empiezan desde el primer momento a trabajar con materiales muy pesados tienden a dejarse arrastrar por ese peso (ej: Hemingway, movido por la fuerza inherente de los materiales que manejaba, experiencias vitales intensas, necesitaba de constantes estímulos externos; sus novelas posteriores flaquean de potencia y viveza; terminó suicidándose). Con el paso de los años, el dinamismo disminuye. Se puede escribir una novela a pesar de no contar con experiencias tan potentes. Hay una expresión japonesa que dice “La madera se hunde y la piedra flota”. A veces suceden cosas que en condiciones normales parecen imposibles.

Constancia. Regularidad. Me impongo la regla de completar diez páginas al día, como cualquier persona que ficha a la entrada y a la salida del trabajo. No hace falta ser un “artista”. Alivio inmenso. Antes que artista, un escritor debe ser libre. Hacer lo que quiere, cuando quiere y como quiere. Es mejor ser una persona corriente pero libre. Isak Dinesen: “Escribo todos los días poco a poco, sin esperanza ni desesperanza”. Creo firmemente que lo conseguido a base de perseverancia se demuestra con el tiempo. Manejar el tiempo con respeto y cortesía. Convertirlo en un aliado.  Debemos ser capaces de controlarlo hasta cierto punto. “El tiempo y la marea no esperan a nadie”. Tenerlo en cuenta. Ser activos y dinámicos, cargarnos de intenciones.  Lo que saca el verdadero valor de algo es el tiempo. Al escritor no le queda más remedio que aceptar la realidad en silencio. Lo único que puedo afirmar en este momento es que he dispuesto del tiempo sin escatimar; y que me he esforzado hasta el último aliento para dar lo mejor de mí mismo. Las carencias se pueden superar con esfuerzo, pero las oportunidades perdidas no se recuperan.

Fases de recuperación. Es tan importante el tiempo que dedico al trabajo como el tiempo en que no hago nada. Dejar que los materiales “duerman” durante cierto tiempo. El aire corre y el conjunto se solidifica.  Seco, solidificado. Guardar la novela en un cajón entre dos semanas y un mes, y olvidarse de su existencia. Después, reelectura y reescritura. Salen a la luz defectos antes invisibles, me siento capaz de distinguir qué tiene profundidad y qué no. También m cabeza ha descansado y se ha aireado. Luego de las correcciones, llega el momento de pedir opinión a una tercera persona (mi mujer).

Si algunos lectores notan un calor profundo como el de las aguas termales, me sentiré verdaderamente satisfecho. Es más importante creer y confiar en nuestras sensaciones reales que en cualquier otra cosa. No importan los reproches.

Cuando me convertí en escritor profesional empecé a correr. Desde entonces, y durante más de tres décadas, tengo por costumbre salir a correr o nadar durante una hora casi a diario. Nunca he enfermado ni me he lesionado. Con el ejercicio anaeróbico la red neuronal del cerebro se extiende, se hace más tupida. Gracias a ello, la capacidad de aprendizaje y la memoria aumentan y, como resultado, es posible modificar el pensamiento con mayor flexibilidad al tiempo que se desarrolla la creatividad. Los procesos mentales pueden ser más complejos y la capacidad imaginativa aumenta. La combinación diaria de ejercicio físico y trabajo intelectual, produce un efecto idóneo para el trabajo creativo del escritor. Para mí el esfuerzo físico que deben hacer todas esas personas que trabajan por cuenta ajena y se suben a un tren atestado todas las mañanas es infinitamente más duro. Me parecía que el acto de correr representaba de una manera clara y sencilla la esencia de algunas cosas que siempre he sentido que debía hacer en mi vida. Un mantra: “es algo que debo hacer y mantener como sea”. La necesidad de correr me ha empujado por la espalda, me ha animado como una voz cálida y susurrante. En las frías mañanas de invierno, en los calurosos mediodías de verano, ese sentimiento me ha ayudado a resistir el cansancio. Escuchar lo que el cuerpo dice y siente es importante para una persona que cree en algo. El espíritu o la mente no dejan de ser extensiones del cuerpo. La frontera entre espíritu, mente y cuerpo no está clara y bien definida. El fundamento de todo escritor es contar una historia. Es penetrar en la parte más profunda de la conciencia. Es sumergirse en la oscuridad del corazón. Lo mismo sucede con los cimientos de un edificio: cuanto más alto, más profundos deben ser. Cuanto más precisa es la historia, más oscuridad habrá en los pasadizos subterráneos, más intensa y densa se volverá. El escritor encuentra lo que necesita en lugares así, es decir, encuentra el alimento imprescindible para su novela y después regresa con ello al territorio exterior de la conciencia. Una vez allí, debe transformarlo todo en frases para darle forma y sentido. A veces la oscuridad está llena de peligros. Quienes la habitan tratan de ofuscar a quienes se aventuran en su territorio con muchas tretas, adoptan formas diversas y se presentan como todo tipo de fenómenos. Es un lugar donde no hay indicaciones ni tampoco mapas. Es una oscuridad donde se mezclan el inconsciente individual y el colectivo; también lo antiguo y lo actual. Para oponerse a esa fuerza que emerge de un manto telúrico, para enfrentarnos a diario a los peligros que nos acechan, es imprescindible oponer una fuerza física. Es mejor estar preparado que no estarlo. Algo necesario para uno mismo. El corazón y nuestro espíritu deben hacerse resistentes, y para que perduren así en el tiempo es imprescindible desarrollar la fuerza física. Al fin y al cabo nuestro cuerpo no deja de ser el recipiente que lo contiene todo. Lo ideal es tener una mayor conciencia respecto a lo físico.  Se traduce en una fuerza interior que me hace capaz de estar sentado a la mesa durante cinco horas al día. Esa fuerza que emana de dentro no es innata, la he adquirido con el tiempo, y lo he hecho gracias a un entrenamiento plenamente consciente. Chafar la imagen idílica que tiene mucha gente de los escritores.

Talento: por muy abundante y excepcional que sea, si nadie se pone a cavar con pico y pala, lo más normal es que se quede enterrado bajo tierra por siempre. Para todo existe un momento, y cuando este ya ha pasado, la oportunidad que representaba casi nunca vuelve a aparecer. La fortuna es solo una invitación a entrar. Una vez dentro, dependerá de la habilidad, la capacidad y el talento de cada cual, de su calidad como persona, de su visión del mundo y, a veces, sencillamente, de su capacidad física.

Vivir plenamente: restablecer y cuidar el cuerpo, que es la estructura física que guarda nuestro espíritu, y avanzar firmemente con él hacia delante, paso a paso. Vivir es una lucha a largo plazo. La fuerza física y la espiritual son como las ruedas motrices de un coche. Si funcionan a la par, demuestran toda su eficacia.

Libros que ampliaron mi visión de las cosas. Mi punto de vista sobre la realidad se enriqueció al experimentar como propios los sentimientos que describían los libros. Gracias a la imaginación iba y venía con total libertad por el tiempo, por el espacio; contemplaba infinidad de paisajes desconocidos y, sin saberlo, permitía que un sinfín de palabras atravesaran mi cuerpo. Es decir, no solo veía el mundo desde donde me encontraba, sino que terminé por observarme a mí mismo desde un lugar lejano mientras contemplaba el mundo.  Si uno solo ve las cosas desde un punto de vista, el mundo se hace pequeño, se espesa. Al mismo tiempo, el cuerpo se endurece, el juego de piernas se ralentiza y terminamos por ser incapaces de movernos como nos gustaría. Por el contrario, si uno es capaz de mirarse a sí mismo y el lugar que ocupa desde distintos ángulos, es decir, ocupar otros sistemas, el mundo se expandirá, se convertirá en un lugar más flexible y tridimensional.

Uno de los conceptos opuestos a la imaginación es la eficacia. Como individuos debemos levantar un andamiaje de ideas y pensamientos libres que sirva para oponernos a un sistema de valores nocivo y peligroso basado en conceptos como la rapidez y la eficacia. Nuestra obligación es hacer extensivo ese andamiaje a otras comunidades. Mi deseo con relación al sistema educativo es sencillo: que no aplaste la imaginación de los niños que la tienen. Me gustaría que les dejasen espacio para que sus personalidades encuentren un camino propio, una forma de sobrevivir.

No queda más remedio que tomar impulso y seguir adelante: “Me da igual lo que digan por muy tremendo que resulte. Lo importante es escribir lo que yo quiera y como yo quiera”.

Descargas de frustración y rabia de gente del mundillo literario de la época, escritores, críticos, editores…Había un descontento casi depresivo en ese ambiente al darse cuenta de que la influencia y la existencia misma del mainstream, la corriente dominante de la considerada literatura pura, habían desaparecido, se habían perdido. Poco a poco se producía un cambio de paradigma, pero el sector editorial se resistía. Imagino que resultaba insoportable aceptar algo que se interpretaba como una debacle. Por eso juzgaban lo que yo escribía, tal vez mi propia existencia, como la causa primera de la ruptura y desaparición de un statu quo que nunca debería haber cambiado. Querían eliminar la que consideraban la causa primera a toda costa, como leucocitos que atacasen a un virus invasor. Es así como lo siento. En mi opinión, si se sentían amenazados por mi existencia, el problema no estaba en mí, sino en ellos. Yo nunca he tenido la impresión de escribir refritos. Más bien me parece que me he esforzado mucho por buscar nuevas formas de expresión, nuevas posibilidades de la lengua japonesa.

Cuando la realidad social cambia dramáticamente, el cambio en la narrativa es inevitable. La realidad social y la de una narrativa concreta terminan por conectarse en el espíritu de cada individuo, en su inconsciente. La narrativa como tal existe como metáfora de la realidad circundante, y la gente reclama textos acordes con lo que sucede a su alrededor, con lo que les pasa a ellos. Un sistema nuevo de metáforas que ayude a comprender un entorno cambiante. De ese modo tienen la impresión de no ser expulsados de él. La narrativa como engranaje, como ajuste. La gente puede aceptar una realidad inestable a su alrededor y mantener al mismo tiempo la conciencia de estar conectada a esos dos sistemas, el social y el narrativo. Distintas culturas y públicos entienden y asumen esas transformaciones de formas distintas. La separación entre el mundo objetivo y el subjetivo es distinta entre sociedades orientales y occidentales.

Es maravilloso colocar banderas sobre un mapa en lugares donde aún no hemos estado.

Libro prestado (y aún no devuelto) por Martina Merelle.

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