La página en blanco

Remite a la escritura, pero puede aplicarse a todos los ámbitos de la vida. Lo interesante es que, lejos de ser un obstáculo, podemos colocarnos unos lentes de color ultramar y sentirlo como un aliciente, un océano colmado de posibilidades en donde podemos nadar, chaporrotear, hacer la plancha, pescar algo o zambullirnos en la profundidad.

Página en blanco

Se trata de un campo de juego repleto de oportunidades, como un estadio de fútbol vacío: los asientos desocupados, la enorme cancha verde de pasto brillante y sin pisar, los vestuarios vacantes. Pero sabemos que allí se librará una batalla. Rodará el balón, el césped comenzará a dejar las huellas de la contienda, las tribunas arderán al fragor de la pasión y se generará una experiencia, un juego de piernas y pases, con desafíos y estrategias. Un partido que puede ser deslumbrante o descolorido, con goles o las vallas intactas, crucial o amistoso. Ese estadio, como tantos otros alrededor del mundo, representa una página en blanco (o en verde) que es inscripta con los rastros de noventa minutos de sudor. Aunque tal vez no lo tengamos presente, esos minutos han sido precedidos por horas de entrenamiento, elaboración de estrategias, expectativas de los fanáticos de cada equipo, apuestas para cada lado, cerebros abocados a la organización y la logística del evento y muchos otros participantes de este espectáculo, que, al final del día,  no dejan de ser seres humanos con sus vidas y sus batallas fuera de la cancha. Pero, cada vez que suene el silbato, todos se alistarán para un nuevo desafío, que representa su pasión.

La página en blanco puede ser la oportunidad de apostar por algo nuevo y desconocido. Adentrarse en un terreno vislumbrado pero no recorrido, dejar los binoculares y acercarse sin miedo, pisando el suelo firmemente. Permanecer allí con convicción, moviéndose entre las malezas sin temor y confiando en el propio kit de supervivencia. A sabiendas de que habrá fieras que nos acecharán, pantanos que nos atascarán e insectos que nos picarán desprevenidamente. Como indios ancestrales, permaneceremos allí, poniendo el cuerpo y el corazón en esta selva magnífica pero desconocida. Tal vez sea un bosque. Divisaremos, entre los árboles, un ciervo protector que nos acompañará mientras avanzamos. Tendremos miedo de la presencia del oso, pero miraremos a ese cervatillo que con sus ojos nos transmitirá calma y valentía y nos asegurará que vamos bien. Y quién sabe, tal vez nos esté guiando por un camino alternativo para lograr nuestra meta. Habrá que sortear árboles y pozos, pero jamás rendirse, porque confiamos y visualizamos el río mágico que nos aguarda más adelante y en el cual calmaremos nuestra sed, lavaremos el sudor y remojaremos nuestro cuerpo. Caminar, caminar y caminar. Apostar y confiar en nosotros mismos y en nuestras decisiones. De a poco, con paciencia y diligencia, oiremos el rumor del río sanador.

Blanco de un bello cisne con su cuello interrogante; de una paloma que destaca del resto; de una hermosa montaña cubierta de nieve; de una sonrisa deslumbrante; de la crema que cubre un pastel delicioso.

La oportunidad de hacer un bollito con el pasado, arrojarlo al cesto y tomar una hoja nueva e impoluta. Permitirse posicionarse frente a ella con una pluma de tinta fresca y dejarla volar sin miedo. Encarar esa blancura con la espalda erguida y el corazón apuntando hacia ella, sin armaduras pero con la mano escritora lista para boxear con un uppercut contundente. Escribir con trazos desconocidos, en un nuevo idioma, encontrando, letra a letra, la propia voz, el irrepetible estilo. Con actitud lúdica y responsable. Es olvidar las palabras herrumbrosas de la menta truncada, las voces de otros, los mandatos impuestos, expresiones que no nos pertenecen o que ya no sirven. Entender que hay otro cuaderno el día de hoy confeccionado por nosotros, a nuestro gusto y medida, ajeno a todo lo demás, y que iremos armando y escribiendo con nuestra propia mano firme. Nunca mejor dicho: a puño y letra.

La oportunidad, por ejemplo, de apostar por escribir. Permitirse jugar con las palabras, darle forma a un pensamiento o sensación. Amar esta herramienta que desahoga y libera la expresión, que da forma a ideas que brotan de una manera casi mágica, y amar también el hecho de que muchas veces sea insuficiente, porque confirma, de alguna manera, que el mundo es increíble e inefable. En cierto sentido, la palabra constata, con sus posibilidades y limitaciones, el misterio vital.

La escritura construye un campo magnético de posbilidades e interpretaciones que la exceden. Decidimos, con una propuesta nerviosa y tartamuda, contraer matrimonio con ella y su impecable vestido blanco que anticipa una relación tanto en la salud como en la enfermedad, pero fruto de una pasión consumada. Un enamoramiento que se confirma cuando amamos tanto sus virtudes como sus defectos.

 

 

 

 

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