Los espacios que supimos habitar

Tal vez como se recuerda a un querido y viejo amor,  la memoria de una casa que alguna vez habitamos nos viene a retazos: con escenas, detalles, objetos, personas, anécdotas y experiencias indelebles.

En Martínez está la casa en la que viví durante casi 10 años. El otro día pasé en bicicleta por la zona y las ruedas me llevaron, como atraídas por un imán invisible, frente a aquella construcción de ladrillos y tejas negras que me albergó durante la mayor parte de mi infancia y adolescencia.

Aquí la foto.

Casa Martínez

Teníamos una perra ovejera que se llamaba Wanda. La pileta era grande pero no tenía bajito y uno tenía que zambullirse en sus profundidades como adentrándose en el mar. Mi dormitorio tenía un empapelado infantil, de flores azules y amarillas. Un Jacarandá grande y hermoso decoraba el pasto del jardín con flores violetas durante los meses de floración. Los tordos iban a comer alpiste de un recipiente cilíndrico que mi padre había colgado de las ramas de un árbol. La tortuga del vecino a veces aparecía en nuestro terreno y yo le daba unas flores rojas que ella envolvía con su lengua y devoraba lentamente. Durante unos meses hicimos clases de buceo en la piscina con dos profesores que se llamaban Aníbal Hugo y Natasha Karina. Él era peludo y sus vellos largos se le adherían a la piel por la acción del agua; ella era rubia y musculosa. El living sólo se usaba anual o semestralmente para recibir a invitados especiales. Era una zona prohibida, que había que cuidar como si se tratara de un ambiente palaciego. Un aire de realeza poseía, porque tenía anexado un comedor con una larguísima mesa de madera que era iluminada por una araña que colgaba del techo como una enorme medusa de cristal. Quique era el guardia que vigilaba la zona dentro de un auto desvencijado y chirriante. “El quiosco del gordo” quedaba a una cuadra. Yo iba a comprar golosinas y figuritas. Él era voluminoso, intimidante y antipático. Jamás sonreía. Cuqui cocinaba platos deliciosos, tenía esa habilidad que poseen los cocineros hogareños que han aprendido a cocinar por medio de la acción de manos mágicas y alquímicas, que elaboran delicias a partir de cualquier ingrediente que hubiera disponible. El garaje era inmenso y yo podía dar vueltas y vueltas y vueltas con la bicicleta hasta cansarme. La cocina tenía alacenas de un color mostaza, horrible, que evocaba épocas anteriores en donde el criterio estético es hoy difícil de comprender. Como esos baños viejos que tienen inodoros de color azul, rosado o amarillo. Los domingos eran días de asado y helado, en donde papá oficiaba de parrillero. A la mañana me mandaba a comprar los panes para el choripán mientras mamá preparaba un chimichurri excepcional.

Yo recorría las calles en una bicileta bordó, en las épocas en donde los niños podían moverse libre y despreocupadamente por la vía pública sin temores. Jugaba a que era un chofer llamado Lucio, que iba recogiendo a mis clientes por las distintas casas del barrio. Lo hacía siempre en el mismo orden, siguiendo un itinerario inamovible que debía cumplirse a rajatabla porque Lucio era un profesional A veces algún cliente faltaba o estaba enfermo. Cosas que ocurren en la vida.

Hoy vuelvo, también en bicicleta, a transitar por esas calles. Esa niña y yo nos reencontramos y pedaleamos juntas. Vuelvo la cabeza y la veo sonriendo, yendo rápido, subiendo y bajando por las veredas y saludando a Quique cada vez que se lo cruza. Pasa rápido frente a una casa particular. Tras las rejas, aparecen aquellos dos Rottweilers que me ladraban feroces y sin piedad cada vez que pasaba frente a ellos. Pedaleo y mi bicileta ya no es roja sino bordó. Mi pelo es corto, lacio y hermoso; mis piernas son blandas y ágiles. Tengo mucha más temeridad que precaución y me muevo con soltura y una felicidad que invade mi cuerpo.

Una niña que me emociona, que me pertenece, que fui alguna vez, en esa preciosa libertad que cubre la infancia antes de que nos llenemos de obligaciones, cicatrices emocionales y rigideces corporales que borran la pureza y despreocupación de la infancia.

La Jose de ayer y la Jose de hoy se cruzaron y los ojos se me humedecieron. Pedalée más rápido para que el viento los secara.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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