Tajos

A pesar del frío, abrí la ventana porque detestaba el humo de sus cigarrillos. Ver el paisaje neuquino a través de una espesa bruma alquitránica, mientras intentaba contener la respiración, se volvió desesperante. El silencio, más tóxico que el humo, se rompió inesperadamente cuando giré la manivela. La nube gris, como la que generan los escaparates oxidados de autos enfermos, escapó disparada hacia el paisaje fresco del sur argentino.

Nadie dijo nada. Mi hermana, al lado mío, me lanzó una mirada breve y luego buscó un pulóver de lana. Su mirada seguía ausente, como afectada por psicofármacos. Yo miraba los pinos que iban transformándose en líneas verdes cada vez más continuas a medida que papá aumentaba la velocidad. Con la mano izquierda, aquella que no estaba sujetando (ahorcando) el cigarrillo, mamá se peinaba con un movimiento rígido de los dedos, encorvados como una araña gruesa. Papá mantenía los brazos extendidos hacia delante; por el espejo retrovisor yo veía su boca apretada y sus ojos (siempre muy hostiles en situaciones hostiles) ocultos tras los lentes de sol. Uno podría imaginárselo como un piloto de combate listo para lanzar su carga letal al blanco más débil.

Una frenada brusca. Un golpe contra la guantera. Un grito ahogado de dolor. Papá sujetando el freno de mano que ahora veo desagradable, casi fálico. Un grito de furia. Imagino una bandada de gaviotas revoloteando alrededor de un lago cercano. La violencia del alarido es el misil que estalló dentro de la aeronave. Cuatro víctimas afectadas por las esquirlas cortantes. Ira, ira, ira, ira, ira, ira.

Papá se baja del auto, mamá también. Continúan los gritos que no se entienden desde acá. El auto comienza a moverse lentamente hacia atrás. Papá corre hasta la parte trasera y sujeta el coche con todas sus fuerzas. Le ordena (le aúlla) a mamá para que tome el control del auto y que no sea una imbécil. Mamá entra llorando, toma el volante con brazos temblorosos. Por unos segundos no puede reaccionar, mientras los quejidos de fuerza y de dolor de papá, que ya no puede contra la gravedad de la montaña, se hacen cada vez más frecuentes. Yo no puedo moverme, ni hablar, ni actuar. Mi hermana dice algo. Mamá, ahora sí, quita el freno de mano (papá se retuerce como si lo estuviéramos arrollando) y acelera el auto hasta llevarnos hasta la planicie.

De Neuquén a Buenos Aires. Brumosos, sofocantes, sólo quedan recuerdos infestados de angustia y de dolor. Evocaciones venenosas. Las esquirlas dejan más que cicatrices. Heridos de guerra comentan que muchos trozos de metralla permanecen de por vida en los cuerpos.

***

Una idea, una imagen, una escena, pueden implosionar como una bomba de hidrógeno que se fabrica en la cabeza pero estalla en el pecho, desde la clavícula hasta el diafragma. La detonación paraliza los órganos, menos al corazón que, como las cajas negras de los aviones, que en realidad son rojas, continúan vivas, emitiendo señales que luego podremos recoger entre los escombros. Pero no ahora. El ruido es demasiado invasivo, las brasas del fuego parecen avivarse con el oxígeno de cada respiración.

El proyecto que alguna vez imaginamos ya no es. No existe, en realidad nunca existió. Fue mientras lo sujetamos con imágenes, anhelos, proyecciones y sensaciones. Un títere sujetado por hilos abstractos, un muñeco ventrílocuo que cobra vida por medio de las voces que le fuimos cantando en una función imaginaria. Con un público que aplaudía frente a esa obra maravillosa de la que fuimos directores. Esos planes como hijos, de quienes nos sentimos orgullosos. Los cuidamos, los amamos, los imaginamos crecer y madurar. Pero todo padre sabe que los hijos son, a fin de cuentas, seres autónomos. Nuestra sangre, nuestro oxígeno, nuestros cromosomas compartidos, sí, pero que, de un día para el otro, se convierten en otra cosa.

Nos conocimos, nos tocamos, nos amamos. Compartimos confidencias y momentos incandescentes y lúgubres.  Nos perdimos en la pasión, nos encontramos en el tedio, nos reconocimos siempre, amorosas y cómplices, en el sendero que fuimos construyendo, como las hormigas que se rozan las antenas entre sí para asegurarse, cada día, de que van juntas y seguras hacia el hormiguero que juntas edificamos.

Pero varias pisoteadas, o un pisotón imprevisto, destruye el sendero.

Lo que se forjó se funde. El hierro es denso, magnético pero maleable. En sí mismo está la capacidad de solidez y de liquidez. Tal vez las relaciones sean eso. Resistentes, resilientes pero nunca indestructibles.

La caja negra, sin embargo, siempre sobrevive a la catástrofe y en su interior registra todo lo ocurrido. Sólo es cuestión de esperar y oírla cuando reine el silencio. Es lo único que no puede derrumbarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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