El dolor

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Un pincho invisible se me clava en la boca del estómago. Permanece alojado allí y su dolor, concentrado en el área de la herida, se expande, lenta pero insidiosamente, hacia el resto del sistema digestivo. Un nudo gástrico. Por una ósmosis tal vez anatómica, la ola expansiva alcanza el pecho, y de alguna manera el corazón responde, encogiéndose. La tráquea, como un tubo cloacal, lleva algo de esa infestación hacia arriba, dificultando el acto de respirar.

En una parte de la novela Zama, de Antonio di Benedetto, el narrador se refiere a un diálogo reciente (no recuerdo en relación a qué) de la siguiente manera: “palabras que entran sin alternativa de olvido”.

Un boxeador holográfico lanza un uppercut que toma al contrincante de sorpresa. La guardia, concentrada en el rostro, no ataja el impacto que da de lleno en el hígado. Masa esponjosa, segundo cerebro del cuerpo dicen algunos, se deforma y succiona la energía vital hacia sí misma. El guantazo se retira como consecuencia del rebote y al esponja entonces desprende la energía sangrante que ahora es viscosa e insoportable. Alelado, el sujeto tarda en reponerse de semejante ráfaga huracanada, y entonces es el momento preciso para que le asesten un porrazo en el plexo solar que lo arroja al suelo mientras el árbitro finaliza la cuenta regresiva.

Una parálisis en la cual las órbitas oculares son los únicos soportes del cuerpo embotado. Los ojos permanecen anclados. Quisieran bañarse en lágrimas, buscar algún tipo de bálsamo, un lubricante que afloje la lenta oxidación de este mecanismo corporal. Pero no lo logran, porque el estancamiento ha petrificado los nervios y el lagrimal se encuentra inhabilitado. La única opción es que la maquinaria herrumbrosa encuentre una posición horizontal. Las pupilas mirarán hacia el techo, se aflojarán, el aparato se reactivará engrasado por las lágrimas que, ahora sí, despiden una catarata temporariamente sanadora. Harán falta un par de sesiones lubricantes adicionales para que el motor del vehículo arranque.

Un temblor en los labios, los músculos faciales que se contorsionan involuntariamente en una convulsión de la cara precedida de un aura indescriptible. Apretones constantes de los lagrimales hinchados de líquido. Los capilares dilatados que tiñen el rostro de rojo. La nariz responde con un agrandamiento que recuerda el semblante de un borracho perdido. La necesidad de sujetar el cráneo con las manos temblorosas. La sal de las lágrimas que cae hacia la boca. Un mar de lágrimas, unas lágrimas de mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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