A carcajadas

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Siempre me gustó la palabra carcajada. Una palabra cinética, irrefrenable, imagino una carcaza abriéndose de una manera cósmica. Una carcajada irrumpe del interior con velocidad. Con violencia, hacia fuera, una descarga casi sexual. Deja sin aire y obliga a inspirar de manera asmática. Es liberadora, vamos. Son contadas pero inolvidables las veces que lo experimentamos. Siempre confío en las cosas/gentes que me hacen reír a carcajadas. Con ruido, el sonido es parte inherente del acto. Una carcajada se agradece siempre.

Sólo te falta, en este instante, reírte a carcajadas

Tengo esa frase impresa en un papelito pequeño colocado en el centro de mi escritorio. Lo sostiene una piedra de cuarzo rosada. También lo acompaña el dibujo de un ciervo, pero esa es otra historia. Capaz alguna vez comente sobre mi obsesión y fascinación por ese animal. Sospecho que algo ya dije en algún posteo anterior. No lo voy a chequear. Me lo quiero tatuar, pero no sé en qué parte del cuerpo, tampoco sé si es para tanto. Ya veremos. Acabo de escribir un artículo para un blog de turismo sobre los cinco mejores tatuadores de Miami. Se ve que todo tiene que ver con todo. Deer rima con dear, a dear tattoo. El siervo es un esclavo. Curioso que la sustitución por una c” inicial cambie todo. Eso me agrada. No soy un siervo, soy un ciervo.

Pero volvamos a las carcajadas. Rima con estar a horcajadas, expresión que me encanta, que no creo que tenga un equivalente similar en otro idioma. Se está a horcajadas en un caballo.  Andar a caballo tiene eso épico, salvaje, rebelde, erótico. Nunca decimos estar a horcajadas, sólo lo sentimos. Dan ganas de abrirse de piernas, qué maravilloso.

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Sí, tengo un Buda Sonriente que me regaló mi amigo Pablo. Nos conocimos en un avión con destino al Sudeste Asiático. Congeniamos hablando del DT argentino Marcelo Bielsa. Para echarse una carcajadita.

El Buda Sonriente: en Japón esa figura es conocida como Hotei, deidad de la felicidad y la abundancia, y es uno de los personajes más populares de Netsuke – esculturas en miniatura -de la artesanía japonesa. Es una de las siete divinidades japonesas de la suerte.

En lugar de predicar en el templo, recorría las calles con un gran saco a sus espaldas en el cual llevaba regalos para los niños, tales como frutas, caramelos, etc.

Iba a mercados y de repente comenzaba a reír y reír y reír. Su risa era mágica y contagiosa, sincera y auténtica. Su gran barriga se estremecía y saltaba con las carcajadas. Caía rodando por el suelo, contagiando a todos a su alrededor con su jovial humor. Todas las aldeas esperaban ansiosas la visita de Hotei, para ser bendecidas por su risa.

La risa era su mensaje.

Juro que lo ves y se te contrae la panza en una carcajada contenida. Tal vez haya que cerrar los ojos y dejar que aflore e inunde el espacio.

 

 

 

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