También esto pasará. Milena Tusquets

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Siempre he pensado que los que dicen “te quiero mucho”, en realidad te quieren poco, o tal vez añaden el “mucho”, que en este caso significa “poco”, por timidez o por miedo a la contundencia de “te quiero”, que es la única manera verdadera de decir “te quiero”.

Que yo sepa, lo único que no da resaca y que disipa momentáneamente la muerte-también la vida-es el sexo. Su efecto fulminante lo reduce todo a escombros. Pero sólo durante unos instantes, o como mucho, si te duermes después, durante un rato. Luego, los muebles, la ropa, los recuerdos, las lámparas, el pánico, la pena, todo lo que había desaparecido en un tornado como el del Mago de Oz, baja y vuelve a ocupar su lugar exacto, en la habitación, en la cabeza, en el estómago.

Lo que, en teoría, sólo ocurrió una vez en la historia de la humanidad, dejar de ir a cuatro patas, ponerse en pie y empezar a pensar, a mí me ocurre cada vez que aterrizo del amor. Cada vez, un aterrizaje forzoso.

Llevo encima el sudor de la noche y del hombre toro con el que he dormido, meto la nariz dentro del cuello de la camiseta y reconozco el olor ajeno, las huellas invisibles de la alegre invasión de mi cuerpo por otro cuerpo, de mi piel-tan dócil y permeable-por otra piel, de mi sudor por un sudor distinto. A veces, ni la ducha logra borrar esa presencia, y paso días percibiéndola, cada vez más lejana, como un vestido indecente y favorecedor, hasta que desaparece del todo.

No le digo que ya no me creo el amor de nadie, que hasta mi madre dejó de quererme durante un tiempo, que el amor es lo menos fiable del mundo.

Óscar es uno de los pocos hombres adultos que conozco que puede poner cara de ilusión. La cara de ilusión es una de las más difíciles de fingir y va desapareciendo a medida que desaparecen las ilusiones, las verdaderas, las infantiles, y son sustituidas por meros deseos.

¿Seguirá allí el mismo mar, a pesar de tu ausencia?¿O se habrá replegado sobre sí mismo, hasta hacerse tan pequeño como una servilleta pulcramente doblada y te lo habrás llevado también, metido en el bolsillo?

Una de las mejores maneras de descubrir los rincones secretos de tu propia ciudad, no los románticamente secretos, los de verdad improbables, en enamorándote de un hombre casado.

Casi he olvidado el desorden de los primeros besos, la precipitación y los maratones que preceden el aprendizaje de la lentitud y de la inmovilidad, de los gestos precisos como los de un cirujano, cuando pasamos de follar sólo con el cuerpo a follar también con la cabeza.

Todos parecemos más jóvenes cuando somos felices, pero en el caso de Elisa puede pasar de cinco a cinco mil años en dos minutos, casi nunca está en medio, será una anciana con cara de ardilla lista.

Cada uno de nosotros tiene un tema principal, un hilo conductor, un estribillo, un perfume propio que lo envuelve, una música de fondo que lo acompaña siempre, inalterable, silenciada a veces, pero persistente e inevitable.

Todos vemos cosas distintas, todos vemos siempre lo mismo, y lo que vemos nos define absolutamente. Y amamos instintivamente a los que ven lo mismo que nosotros, y les reconocemos al instante. Coloca a un hombre en medio de una calle y pregúntale: “¿Qué ves? Y en su respuesta estará todo, como en un cuento de hadas. Lo que pensamos no es tan importante, es lo que vemos lo que cuenta.

Si te gustan las personas, es imposible que no te gusten los perros.

Flota en el ambiente algo de la solemnidad y del estupor que provoca siempre cualquier alumbramiento, humano o animal. La sensación, falsa, claro, de estar a punto de poder rozar con la punta de los dedos el principio de todo, la bienaventuranza.

Hay hombres que no tienen radar sexual, o que apenas lo usan, sólo cuando lo necesitan, y luego lo apagan. Y hay otros que lo tienen encendido permanentemente, incluso cuando duermen, en la cola del supermercado, delante de una pantalla de ordenador, en la sala de espera del dentista, dando vueltas enloquecido, emitiendo y recibiendo ondas. La civilización subsiste gracias a los primeros, el mundo gracias a los segundos.

La tristeza hace que todo pese dos toneladas…Siempre agradezco que no se haga un espectáculo de la pena, ni de la solidaridad, no hacerlo con el amor es más difícil, hay algo fluorescente en la pareja de amantes, como si estuviesen en el centro justo de un remolino, como si ningún viento las pudiese arrastrar, nunca somos tan poderosos como cuando estamos enamorados y somos correspondidos…sólo el breve chispazo del sexo puede servir de sustituto, el amor de baja intensidad no sirve porque no existe.

La idea loca de que el amor es lo único que nos salvará. Los tíos, y algunas tías listas, saben que el trabajo, la ambición, el esfuerzo y la curiosidad también nos salvan. Nadie puede vivir sin determinada dosis de amor y de contacto físico. Por debajo de cierto nivel, nos pudrimos.

Nunca volveré a ser mirada por tus ojos.

La vida en un hospital va más deprisa que fuera…vida y muerte, como el Correcaminos y el Coyote de los dibujos animados, celebran carreras enloquecidas por los asépticos pasillos, esquivando, frenéticas y excitadísimas, a las enfermeras y a los visitantes, derrapando y jodiéndonos la vida.

Pero los que tuvimos la suerte de poder vislumbrar por el agujero de la cerradura de nuestra infancia los últimos coletazos del espíritu de los sesenta, la libertad sexual, la libertad a secas, las ganas de divertirse, el poder para los jóvenes, el atrevimiento, no salimos indemnes. Todos tenemos paraísos perdidos en los que nunca hemos estado.

No hay fisuras, no hay dudas, se reúnen cada semana para ver el fútbol y para tomar cerveza. A veces, envidio un poco la amistad masculina, parece un camino más llano y sencillo que la amistad entre mujeres. Lo nuestro es como un noviazgo eterno, accidentado, intenso y pasional, mientras que lo de ellos se suele parecer más a un matrimonio bien avenido, sin grandes emociones tal vez, pero sin grandes altibajos.

El sexo me gusta porque me clava en el presente.

Y nuestra historia, que después de un par de meses había empezado a agonizar-la mayoría de los amores o duran dos meses o duran toda la vida-, resucitó con el fulgor de lo imposible, lo inalcanzable y lo mítico.

Me llega un mensaje suyo. Acaba de llegar, tiene muchas ganas de verme. Y mi cabeza deja paso a mi cuerpo…como por arte de magia, mi sangre congelada empieza a circular de nuevo.

Pienso que tal vez podría pararme y proponerle ir a tomar algo (y emborracharnos y contarnos nuestras vidas con entusiasmo y a trompicones, y rozarnos distraídamente las manos y las rodillas, y mirarnos a los ojos un segundo más de lo correcto y besarnos y follar precipitadamente en algún rincón del pueblo como cuando era joven, y enamorarnos y viajar y estar siempre juntos y dormir apretados y tener un par de hijos más y, finalmente, salvarnos), pero sigo caminando sin darme la vuelta.

La primera corona que perdemos, y tal vez la única imposible de recuperar, es la de la juventud; la de la infancia no cuenta porque de niños no somos conscientes del increíble botín de energía, fuerza, belleza, libertad y candor que al cabo de unos años será nuestro, y que los más suertudos dilapidaremos sin medida.

De todos modos, la ropa siempre es un sustituto del sexo, o un envoltorio para conseguirlo. Tal vez todo sea un sustituto del sexo: la comida, el dinero, el mar, el poder, el sexo. Abro un poco la cortina y dejo que el sol de verano, tan joven e insolente, tan exacto al de mi infancia, se desparrame por la habitación.

Cuando te enamoras-aunque ella se empeña en decir que no está enamorada, que es sólo un amante, otra señal de que sí lo está-nada de lo que piensas de la persona amada  coincide con la realidad, especialmente nada de lo que tiene que ver con su atractivo físico…el amor pone todos los marcadores a cero y, si hay suerte, el siguiente hombre volverá a ser el más guapo, sexy, listo, divertido y asombroso del mundo, aunque sea medio tonto y jorobado.

El mar, sumiso o furioso, triste o eufórico, escandaloso o tímido, salpicado de barcas o vacío y cansado, parece rendir pleitesía a un lugar que ni el tiempo ni las hordas de turistas han logrado humillar.

El mar está como un plato y brilla como si todas las estrellas de la noche anterior se hubiesen caído dentro.

Lo mejor de la belleza es que suele hacer que la gente se calle y se recoja.

Ojos cerrados, cabellos de medusa bailando por encima de mi cabeza sumergida, cuerpo por fin ingrávido, me acoge, me bendice y me disuelve. Me pregunto si será el mar mi último amante.

De repente, me parece que, sin querer, estoy presenciando un acto de sometimiento voluntario, algo levemente erótico e impúdico que sólo debería ocurrir en la cama y en privado, un acto mucho más íntimo que bañarse en pelotas, una especie de servicio.

Siento la felicidad boba e irresponsable de los despertares que suceden a las noches de muchos besos y algunos mordiscos.

No follo con nadie como contigo.  -Sigo sin entender que lo que mi cuerpo afirma, cada vez de un modo irrefutable, que estoy hecha para este tío, la vida, después, se empeñe en negarlo con una vehemencia también indiscutible…Que sigamos atrayéndonos de esta manera después de tantos años es mucho…Pero no nos soportamos. Tú no me soportas. Y me sacas de quicio, nadie ha conseguido sacarme tanto de quicio.

Pienso en la buhardilla de madera y luz en la que vivo con los niños como en una pequeña madriguera confortable colgada entre los árboles, que huele a grosella y a rosa y a galletas maría y que el olor de madera y pimienta y musgo de un hombre perturbaría. Yo no puedo dejar mi buhardilla, me encanta.

La observación, no sólo el amor, nos hace dueños de las cosas, de las ciudades que hemos visitado, de las historias que hemos vivido, de la gente, de todo. Todas las cosas por las que has pasado sin indiferencia, con atención, son tuyas. Las puedes convocar cuando te dé la gana.

Con cierta heroicidad estúpida, no reniego de ninguno de mis amores ni de ninguna de mis heridas. Sería como renegar de mí misma.

De repente, vuelvo a estar en el terreno de juego, donde me siento tan cómoda y segura…algunas de las certezas más fulgurantes de mi vida me han venido mientras jugueteaba.

Ya no es un todo, es sólo un conjunto de cualidades y defectos.

Nos convertimos en una generación perdida de seductores natos. Tuvimos que inventar métodos mucho más sofisticados que simplemente tirar de la manga o echarnos a llorar…A veces me pregunto qué ocurrirá cuando esta nueva generación de niños cuyas madres consideran la maternidad una religión…mujeres cuyo único interés y preocupación y razón de ser son los niños…que inundan las redes sociales de fotos de sus retoños…de sus hijos en el váter o sentados en un orinal (no hay amor más impúdico que el amor maternal contemporáneo) crezcan y se conviertan en seres humanos tan deficientes, contradictorios e infelices como nosotros, tal vez más incluso, no creo que nadie pueda salir indemne de que le fotografíen cagando.

La tristeza vaga y persistente que me acompaña desde tu muerte, que intento sacudirme pero cuyas partículas vuelven a posarse siempre, exactas, en el mismo sitio.

Érase una vez, en un lugar muy lejano, tal vez China, había un emperador poderosísimo y listo y compasivo, que un día reunió a todos los sabios del reino, a los filósofos, a los matemáticos, a los científicos, a los poetas, y les dijo: “Quiero una frase corta, que sirva en todas las circunstancias posibles, siempre”. Los sabios se retiraron y pasaron meses y meses pensando. Finalmente, regresaron y dijeron al emperador. “Ya tenemos la frase, es la siguiente: “También esto pasará”…”El dolor y la pena pasan, como pasan la euforia y la felicidad”, Ahora sé que no es verdad. Viviré sin ti hasta que me muera.

 

 

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