La sangre de París me salpicó

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La articulación del microcosmos con el macrocosmos es simple y compleja al mismo tiempo. Comprender la inseparabilidad entre sujeto y ambiente es trascendental. La reverberación entre ambos es innegable. Es una ley fundamental que me conmueve. Daisaku Ikeda, líder budista y pacifista, transmite la firme convicción de que la verdadera revolución humana consiste en luchar por la felicidad propia y desplegar el potencial innato dentro de cada uno de nosotros, para así iluminar al resto de los seres humanos y, por extensión y sin pretensión, al resto de la humanidad entera.

Pero después veo un documental sobre atentados terroristas en París y me enoja. Por qué.

Conozco una enfermera que realiza misiones humanitarias en Asia y en África. Ha escrito un par de memorias que compartió con familiares y amigos. Su relato varía: de la concepción del mundo como una mierda (así lo expresa ella, en varias oportunidades), a la esperanza y la humanidad reveladas en pequeños detalles de autosuperación y fortaleza. Algo que escribió quedó fijado en mi memoria: sufre más un millonario drogadicto encerrado en su mansión que un bengalí que ha sido forzado al exilio por un ejército despiadado que asesinó a su familia. Por qué? Porque no está solo. Junto a otros semejantes, se puso de pie, transitó la frontera y decidió buscar nuevos horizontes en lugar de quedarse paralizado por la furia y la desazón.

Por qué me enoja lo de noviembre de 2015. Por qué me hace sentir ridícula, idealista e irresponsable lo del Bataclan, el Carillon, el Comptoir Voltaire, La Belle Équipe. Por qué, súbitamente, me traspasa el pensamiento punzante de que el heroísmo es individual, racional y sufrido. Por qué la concepción de la importancia del maestro que puede ayudar al discípulo se descompone en mi interior. Por qué lo veo como una señal de flojera y debilidad. Por qué bregar por la paz mundial es visto ahora, en un instante, como una imbecilidad. Por qué la ráfaga balacera ha alcanzado a mi espíritu, que sangra. Por qué la sangre, el olor a pólvora, los gestos transidos de los sobrevivientes, el profesionalismo de los bomberos y las llamadas a los centros de emergencia son asociados más a la materialidad que al espíritu. Por qué pienso que mi revolución humana sería estar allí, acompañando las últimas horas de vida de una mujer baleada en el pecho, como hizo un parisino compasivo; esa mujer cuya condición era grave y sin embargo  dijo estar bien, porque consideraba que era preciso atender a otros antes que a ella. Por qué la vista de tres hombres ametrallados, disparando salvajemente contra la vida entera, deforma mi esperanza. Por qué un bosque de árboles talados anula la experiencia gozosa de un precioso jardín de cerezos. Por qué veo al cazador tomando la cornamenta de un ciervo asesinado y ya no a ese animal mágico que es símbolo de delicadeza y fortaleza, corporificazión del postulado potente que nos urge: arremete y triunfa, arremete y triunfa, arremete y triunfa.

Estar desahuciado es estar despojado de espíritu. Es un líquido sanguinolento con aroma a veneno.

Precisamente aquí, cuando caemos en el abismo de la desesperanza, es cuando debemos tomar conciencia de que es justamente esa actitud la que construye a un ejecutador desbocado.

¿Me duele?¿Me enoja?¿Me frustra? ¿Anula mi esperanza? Con más razón, con más razón, con más razón, con más razón. No hay otra alternativa que mirar al mundo desde el humanismo y asumir la responsabilidad personal y social de convertir el veneno en medicina. La balacera es una muestra contundente de la necesidad imperiosa de abrir nuevos caminos. Pero no se hace desde la arrogancia. Se hace desde el amor y la compasión, desde el respeto a la dignidad de la vida. Es lógico: el veneno tiene un sabor amargo que descompone las entrañas. Sentirlo invita a actuar y a pensar distinto, a emplear todo el ser en aras de una ciudadanía mundial que abrace la paz.

Es muchísimo veneno, sí. Pero ese veneno es un espíritu que tomó esa forma. Siempre es así. Si cambia el espíritu, la forma puede ser otra. El veneno se puede convertir en medicina.

La valentía es una actitud.

“La filosofía auténticamente universal no flota en un limbo abstracto. Por el contrario, penetra profundamente en el corazón y en el alma de los hombres anónimos, se transmite de corazón a corazón, cruza fronteras para unir al mundo. En verdad, el pueblo es la tierra madre de la cual brota la universalidad” 

“Ir hacia una época de decisiones tomadas por la sabiduría colectiva de los pueblos. Establecer un cimiento espiritual, un zeitgeist, un nuevo orden internacional basado en la paz, reemplazando el poder duro de las herramientas políticas, económicas y militares por nuevos instrumentos de poder moderado que actúen a través de estructuras, leyes, medios de información y negociaciones pacíficas” 

Daisaku Ikeda. El nuevo humanismo. Fondo de Cultura Económica, 1995

 

Captura de pantalla 2018-06-06 a las 12.20.47La liberté guidant le peuple, 1830, Delacroix

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