La actriz y el vaso de cerveza

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Me gustan esas obras independientes, en salas venidas a menos, con pocas butacas incómodas y la pintura de las paredes descascarada con rastros de humedad. Maquillaje discreto, decoración mínima, todo es puro gesto de actor. Espectáculos que respiran con esfuerzo, con mucho cariño y poco dinero. Una persona encantadora, bella y enferma que te sonríe desde la cama y te agradece la visita. Al finalizar la obra, muchos de los actores se mezclan con la gente, a veces responden a los saludos y otras veces sólo sonríen y van directo a la barra para tomar algo. Aquella vez la actriz me miró por encima del borde del vaso, la boca invisible perdida entre la espuma de la ceveza y las pupilas ascendidas hacia los párpados, mirándome con ese verde que tanto disfruté desde la primera fila pero que ahora, lejos de la luz del reflector, es curiosamente más intenso. Nuestras miradas se sostienen por dos o tres segundos, los necesarios para indicar interés. Algún tipo de interés. Indefinido. Pero esperanzador. Mi cerebro decodifica el estímulo enseguida, embriagado por el deseo, y construye una fórmula que suma interés más atracción. La tensión se sostiene aunque las miradas se desvían. Ya no nos estamos viendo, pero percibimos, a la distancia, los gestos que hacemos para liberar cinéticamente la tensión que nos recorre. Ella hace algo con el pelo. Yo me saco la campera. Incomodidad cómoda. Nerviosismo y sonrisa interna. Le propongo a mi amiga ir a tomar algo, que tengo tantas ganas de una cerveza. Vamos. Me siento muy cerca de ella. La tensión ya no es sustantivo sino verbo. No quiero dejar nunca el espacio de ese campo electromagnético que se formó entre las dos, tan evidente para ambas pero invisible para el resto. Yo hablo con Victoria, ella habla con un Nicolás. Nuestras voces dicen cosas, con nuestros cuerpos nos comunicamos mudamente. Yo miro a mi amiga por encima del vaso de cerveza pero con una mirada despojada de cualquier rastro de atracción,como para comparar y comprobar la diferencia. En la réplica de ese gesto siento que me acerco un poco más a ella. Le digo, sin decirle, sin que capte jamás mi mensaje: mirá, hago lo mismo pero no tiene nada que ver. Pido otra cerveza y nuestras miradas se cruzan nuevamente.

Qué hago, cómo hago.

Nos tenemos que ir, me dice Victoria. Nos vamos. Nadie hizo ni dijo nada.

Unos meses más tarde usaré esa mirada por encima del vaso de cerveza. Encantaré a alguien pudo responder al mensaje sin restricciones. Explicitando lo que hay que explicitar. Porque la actriz puso lo suyo en el escenario y yo sólo me mantuve como una espectadora obediente, muda y cobarde.

Y, como aquella vez, el gesto me recordará a ella, donde sea que esté, y el deseo recorrerá mi cuerpo, aunque sea por un instante.

 

Una vez, alguien me propuso una cita distinta. No me dio demasiados detalles, sólo me indicó que involucraba caballos y algunas horas de ruta. En caso de rechazar esa propuesta más osada, me proponía una obra de teatro que, según le habían comentado, era “buena y original”

Me gusta el teatro, sobre todo el de esas obras independientes, en salas venidas a menos, con pocas butacas incómodas y la pintura de las paredes descascarada con rastros de humedad. Espectáculos que respiran con esfuerzo, con mucho cariño y poco dinero. Una persona encantadora, bella y enferma que te sonríe desde la cama y te agradece la visita. Al finalizar la obra, muchos de los actores se mezclan con la gente, a veces responden a los saludos y otras veces sólo sonríen y van directo a la barra para tomar algo. Aquella vez la actriz me miró por encima del borde del vaso, la boca invisible perdida entre la espuma de la ceveza y las pupilas ascendidas hacia los párpados, mirándome con ese verde que tanto disfruté desde la primera fila pero que ahora, lejos de la luz del reflector, es curiosamente más intenso. Nuestras miradas se sostienen por dos o tres segundos, los necesarios para indicar interés. Algún tipo de interés. Indefinido. Pero esperanzador. Mi cerebro decodifica el estímulo enseguida, embriagado por el deseo, y construye una fórmula que suma interés más atracción. La tensión se sostiene aunque las miradas se desvían. Ya no nos estamos viendo, pero percibimos, a la distancia, los gestos que hacemos para liberar cinéticamente la tensión que nos recorre. Ella hace algo con el pelo. Yo me saco la campera. Incomodidad cómoda. Nerviosismo y sonrisa interna. Le propongo a mi amiga ir a tomar algo, que tengo tantas ganas de una cerveza. Vamos. Me siento muy cerca de ella. La tensión ya no es sustantivo sino verbo. No quiero dejar nunca el espacio de ese campo electromagnético que se formó entre las dos, tan evidente para ambas pero invisible para el resto. Yo hablo con Victoria, ella habla con un Nicolás. Nuestras voces dicen cosas y con nuestros cuerpos nos comunicamos mudamente. Yo miro a mi amiga por encima del vaso de cerveza pero con una mirada despojada de cualquier rastro de atracción, por supuesto, como para comparar y comprobar la diferencia. En la réplica de ese gesto siento que me acerco un poco más a ella. Le digo, sin decirle, sin que capte jamás mi mensaje: mirá, hago lo mismo pero no tiene nada que ver. Pido otra cerveza y nuestras miradas se cruzan nuevamente.

Qué hago, cómo hago.

Nos vamos.

Unos meses más tarde usaré esa mirada para encantar a alguien que ha sabido responder al mensaje sin problemas. Explicitando lo que hay que explicitar. Porque la actriz puso lo suyo en el escenario, y yo sólo me mantuve como una espectadora obediente, muda y cobarde. Y, como aquella vez, el gesto me recordará a ella y el deseo recorrerá mi cuerpo, aunque sea por un instante

 

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