La actriz y el vaso de cerveza

Me gustan esas obras independientes, en salas venidas a menos, con pocas butacas incómodas y la pintura de las paredes descascarada con rastros de humedad. Maquillaje discreto, decoración mínima, todo es puro gesto de actor. Espectáculos que respiran con esfuerzo, con mucho cariño y poco dinero. Una persona encantadora, bella y enferma que te sonríe desde la cama y te agradece la visita. Al finalizar la obra, muchos de los actores se mezclan con la gente, a veces responden a los saludos y otras veces sólo sonríen y van directo a la barra para tomar algo. Aquella vez la actriz me miró por encima del borde del vaso, la boca invisible perdida entre la espuma de la ceveza y las pupilas ascendidas hacia los párpados, mirándome con ese verde que tanto disfruté desde la primera fila pero que ahora, lejos de la luz del reflector, es curiosamente más intenso. Nuestras miradas se sostienen por dos o tres segundos, los necesarios para indicar interés. Algún tipo de interés. Indefinido. Pero esperanzador. Mi cerebro decodifica el estímulo enseguida, embriagado por el deseo, y construye una fórmula que suma interés más atracción. La tensión se sostiene aunque las miradas se desvían. Ya no nos estamos viendo, pero percibimos, a la distancia, los gestos que hacemos para liberar cinéticamente la tensión que nos recorre. Ella hace algo con el pelo. Yo me saco la campera. Incomodidad cómoda. Nerviosismo y sonrisa interna. Le propongo a mi amiga ir a tomar algo, que tengo tantas ganas de una cerveza. Vamos. Me siento muy cerca de ella. La tensión ya no es sustantivo sino verbo. No quiero dejar nunca el espacio de ese campo electromagnético que se formó entre las dos, tan evidente para ambas pero invisible para el resto. Yo hablo con Victoria, ella habla con un Nicolás. Nuestras voces dicen cosas, con nuestros cuerpos nos comunicamos mudamente. Yo miro a mi amiga por encima del vaso de cerveza pero con una mirada despojada de cualquier rastro de atracción,como para comparar y comprobar la diferencia. En la réplica de ese gesto siento que me acerco un poco más a ella. Le digo, sin decirle, sin que capte jamás mi mensaje: mirá, hago lo mismo pero no tiene nada que ver. Pido otra cerveza y nuestras miradas se cruzan nuevamente.

Qué hago, cómo hago.

Nos tenemos que ir, me dice Victoria. Nos vamos. Nadie hizo ni dijo nada.

Unos meses más tarde usaré esa mirada por encima del vaso de cerveza. Encantaré a alguien pudo responder al mensaje sin restricciones. Explicitando lo que hay que explicitar. Porque la actriz puso lo suyo en el escenario y yo sólo me mantuve como una espectadora obediente, muda y cobarde.

Y, como aquella vez, el gesto me recordará a ella, donde sea que esté, y el deseo recorrerá mi cuerpo, aunque sea por un instante.

 

Una vez, alguien me propuso una cita distinta. No me dio demasiados detalles, sólo me indicó que involucraba caballos y algunas horas de ruta. En caso de rechazar esa propuesta más osada, me proponía una obra de teatro que, según le habían comentado, era “buena y original”

Me gusta el teatro, sobre todo el de esas obras independientes, en salas venidas a menos, con pocas butacas incómodas y la pintura de las paredes descascarada con rastros de humedad. Espectáculos que respiran con esfuerzo, con mucho cariño y poco dinero. Una persona encantadora, bella y enferma que te sonríe desde la cama y te agradece la visita. Al finalizar la obra, muchos de los actores se mezclan con la gente, a veces responden a los saludos y otras veces sólo sonríen y van directo a la barra para tomar algo. Aquella vez la actriz me miró por encima del borde del vaso, la boca invisible perdida entre la espuma de la ceveza y las pupilas ascendidas hacia los párpados, mirándome con ese verde que tanto disfruté desde la primera fila pero que ahora, lejos de la luz del reflector, es curiosamente más intenso. Nuestras miradas se sostienen por dos o tres segundos, los necesarios para indicar interés. Algún tipo de interés. Indefinido. Pero esperanzador. Mi cerebro decodifica el estímulo enseguida, embriagado por el deseo, y construye una fórmula que suma interés más atracción. La tensión se sostiene aunque las miradas se desvían. Ya no nos estamos viendo, pero percibimos, a la distancia, los gestos que hacemos para liberar cinéticamente la tensión que nos recorre. Ella hace algo con el pelo. Yo me saco la campera. Incomodidad cómoda. Nerviosismo y sonrisa interna. Le propongo a mi amiga ir a tomar algo, que tengo tantas ganas de una cerveza. Vamos. Me siento muy cerca de ella. La tensión ya no es sustantivo sino verbo. No quiero dejar nunca el espacio de ese campo electromagnético que se formó entre las dos, tan evidente para ambas pero invisible para el resto. Yo hablo con Victoria, ella habla con un Nicolás. Nuestras voces dicen cosas y con nuestros cuerpos nos comunicamos mudamente. Yo miro a mi amiga por encima del vaso de cerveza pero con una mirada despojada de cualquier rastro de atracción, por supuesto, como para comparar y comprobar la diferencia. En la réplica de ese gesto siento que me acerco un poco más a ella. Le digo, sin decirle, sin que capte jamás mi mensaje: mirá, hago lo mismo pero no tiene nada que ver. Pido otra cerveza y nuestras miradas se cruzan nuevamente.

Qué hago, cómo hago.

Nos vamos.

Unos meses más tarde usaré esa mirada para encantar a alguien que ha sabido responder al mensaje sin problemas. Explicitando lo que hay que explicitar. Porque la actriz puso lo suyo en el escenario, y yo sólo me mantuve como una espectadora obediente, muda y cobarde. Y, como aquella vez, el gesto me recordará a ella y el deseo recorrerá mi cuerpo, aunque sea por un instante

 

La mente a picotazos

La mente dispersa. Canicas desperdigadas sobre un patio del recreo que se mueven y generan remolinos de colores, sin belleza, más bien como un cardumen asustado de pequeños peces transparentes cuyas vísceras se ven; los niños de alrededor están petrificados, sonrisas paralizadas en sus rostros, gestos lúdicos que los han animado pero que ahora parecen atascados como resultado de una maquinaria repentinamente sin combustible.

Una niña construyó un castillo de arena, su madre se conmovió y la felicitó por su labor; ahora la arena es sucia, informe, hecha de caracoles destrozados, granos negros difíciles de manipular, materia triste con la que resulta imposible edificar el sueño arquitectónico infantil, atemporal.

Un hombre cuyo cuerpo se distingue apenas, a la distancia, desdibujado por la lluvia cortante, sobre un lago hermoso que hoy es inclemente, un colchón de agua que no permite descansar, un barquito a la deriva y los remos que flotan lejos; palos recios pero que de repente se han vuelto verdes, blandos y putrefactos.

Una mujer sonrojada por el vapor de la olla, remueve maquinalmente un líquido fangoso que burbujea a desgano al calor débil de una llama azul; ella está inapetente y arroja condimentos que no figuran en la receta original, sabe que el plato será inviable.

Un corredor se mueve a toda velocidad y ya no tiene aire, se va ahogando a cada zancada, tiene la cara roja pero continúa con su marcha desbocada, la vista se le nubla, no siente las piernas, todo es mente porque el físico está desdibujado y amenaza con desplomarse en el pavimento como un baldazo de agua arrojado al suelo.

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A carcajadas

Siempre me gustó la palabra carcajada. Una palabra cinética, irrefrenable, imagino una carcaza abriéndose de una manera cósmica. Una carcajada irrumpe del interior con velocidad. Con violencia, hacia fuera, una descarga casi sexual. Deja sin aire y obliga a inspirar de manera asmática. Es liberadora, vamos. Son contadas pero inolvidables las veces que lo experimentamos. Siempre confío en las cosas/gentes que me hacen reír a carcajadas. Con ruido, el sonido es parte inherente del acto. Una carcajada se agradece siempre.

Sólo te falta, en este instante, reírte a carcajadas

Tengo esa frase impresa en un papelito pequeño colocado en el centro de mi escritorio. Lo sostiene una piedra de cuarzo rosada. También lo acompaña el dibujo de un ciervo, pero esa es otra historia. Capaz alguna vez comente sobre mi obsesión y fascinación por ese animal. Sospecho que algo ya dije en algún posteo anterior. No lo voy a chequear. Me lo quiero tatuar, pero no sé en qué parte del cuerpo, tampoco sé si es para tanto. Ya veremos. Acabo de escribir un artículo para un blog de turismo sobre los cinco mejores tatuadores de Miami. Se ve que todo tiene que ver con todo. Deer rima con dear, a dear tattoo. El siervo es un esclavo. Curioso que la sustitución por una c” inicial cambie todo. Eso me agrada. No soy un siervo, soy un ciervo.

Pero volvamos a las carcajadas. Rima con estar a horcajadas, expresión que me encanta, que no creo que tenga un equivalente similar en otro idioma. Se está a horcajadas en un caballo.  Andar a caballo tiene eso épico, salvaje, rebelde, erótico. Nunca decimos estar a horcajadas, sólo lo sentimos. Dan ganas de abrirse de piernas, qué maravilloso.

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Sí, tengo un Buda Sonriente que me regaló mi amigo Pablo. Nos conocimos en un avión con destino al Sudeste Asiático. Congeniamos hablando del DT argentino Marcelo Bielsa. Para echarse una carcajadita.

El Buda Sonriente: en Japón esa figura es conocida como Hotei, deidad de la felicidad y la abundancia, y es uno de los personajes más populares de Netsuke – esculturas en miniatura -de la artesanía japonesa. Es una de las siete divinidades japonesas de la suerte.

En lugar de predicar en el templo, recorría las calles con un gran saco a sus espaldas en el cual llevaba regalos para los niños, tales como frutas, caramelos, etc.

Iba a mercados y de repente comenzaba a reír y reír y reír. Su risa era mágica y contagiosa, sincera y auténtica. Su gran barriga se estremecía y saltaba con las carcajadas. Caía rodando por el suelo, contagiando a todos a su alrededor con su jovial humor. Todas las aldeas esperaban ansiosas la visita de Hotei, para ser bendecidas por su risa.

La risa era su mensaje.

Juro que lo ves y se te contrae la panza en una carcajada contenida. Tal vez haya que cerrar los ojos y dejar que aflore e inunde el espacio.

 

 

 

El dolor

Un pincho invisible se me clava en la boca del estómago. Permanece alojado allí y su dolor, concentrado en el área de la herida, se expande, lenta pero insidiosamente, hacia el resto del sistema digestivo. Un nudo gástrico. Por una ósmosis tal vez anatómica, la ola expansiva alcanza el pecho, y de alguna manera el corazón responde, encogiéndose. La tráquea, como un tubo cloacal, lleva algo de esa infestación hacia arriba, dificultando el acto de respirar.

En una parte de la novela Zama, de Antonio di Benedetto, el narrador se refiere a un diálogo reciente (no recuerdo en relación a qué) de la siguiente manera: “palabras que entran sin alternativa de olvido”.

Un boxeador holográfico lanza un uppercut que toma al contrincante de sorpresa. La guardia, concentrada en el rostro, no ataja el impacto que da de lleno en el hígado. Masa esponjosa, segundo cerebro del cuerpo dicen algunos, se deforma y succiona la energía vital hacia sí misma. El guantazo se retira como consecuencia del rebote y al esponja entonces desprende la energía sangrante que ahora es viscosa e insoportable. Alelado, el sujeto tarda en reponerse de semejante ráfaga huracanada, y entonces es el momento preciso para que le asesten un porrazo en el plexo solar que lo arroja al suelo mientras el árbitro finaliza la cuenta regresiva.

Una parálisis en la cual las órbitas oculares son los únicos soportes del cuerpo embotado. Los ojos permanecen anclados. Quisieran bañarse en lágrimas, buscar algún tipo de bálsamo, un lubricante que afloje la lenta oxidación de este mecanismo corporal. Pero no lo logran, porque el estancamiento ha petrificado los nervios y el lagrimal se encuentra inhabilitado. La única opción es que la maquinaria herrumbrosa encuentre una posición horizontal. Las pupilas mirarán hacia el techo, se aflojarán, el aparato se reactivará engrasado por las lágrimas que, ahora sí, despiden una catarata temporariamente sanadora. Harán falta un par de sesiones lubricantes adicionales para que el motor del vehículo arranque.

Un temblor en los labios, los músculos faciales que se contorsionan involuntariamente en una convulsión de la cara precedida de un aura indescriptible. Apretones constantes de los lagrimales hinchados de líquido. Los capilares dilatados que tiñen el rostro de rojo. La nariz responde con un agrandamiento que recuerda el semblante de un borracho perdido. La necesidad de sujetar el cráneo con las manos temblorosas. La sal de las lágrimas que cae hacia la boca. Un mar de lágrimas, unas lágrimas de mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tajos

A pesar del frío, abrí la ventana porque detestaba el humo de sus cigarrillos. Ver el paisaje neuquino a través de una espesa bruma alquitránica, mientras intentaba contener la respiración, se volvió desesperante. El silencio, más tóxico que el humo, se rompió inesperadamente cuando giré la manivela. La nube gris, como la que generan los escaparates oxidados de autos enfermos, escapó disparada hacia el paisaje fresco del sur argentino.

Nadie dijo nada. Mi hermana, al lado mío, me lanzó una mirada breve y luego buscó un pulóver de lana. Su mirada seguía ausente, como afectada por psicofármacos. Yo miraba los pinos que iban transformándose en líneas verdes cada vez más continuas a medida que papá aumentaba la velocidad. Con la mano izquierda, aquella que no estaba sujetando (ahorcando) el cigarrillo, mamá se peinaba con un movimiento rígido de los dedos, encorvados como una araña gruesa. Papá mantenía los brazos extendidos hacia delante; por el espejo retrovisor yo veía su boca apretada y sus ojos (siempre muy hostiles en situaciones hostiles) ocultos tras los lentes de sol. Uno podría imaginárselo como un piloto de combate listo para lanzar su carga letal al blanco más débil.

Una frenada brusca. Un golpe contra la guantera. Un grito ahogado de dolor. Papá sujetando el freno de mano que ahora veo desagradable, casi fálico. Un grito de furia. Imagino una bandada de gaviotas revoloteando alrededor de un lago cercano. La violencia del alarido es el misil que estalló dentro de la aeronave. Cuatro víctimas afectadas por las esquirlas cortantes. Ira, ira, ira, ira, ira, ira.

Papá se baja del auto, mamá también. Continúan los gritos que no se entienden desde acá. El auto comienza a moverse lentamente hacia atrás. Papá corre hasta la parte trasera y sujeta el coche con todas sus fuerzas. Le ordena (le aúlla) a mamá para que tome el control del auto y que no sea una imbécil. Mamá entra llorando, toma el volante con brazos temblorosos. Por unos segundos no puede reaccionar, mientras los quejidos de fuerza y de dolor de papá, que ya no puede contra la gravedad de la montaña, se hacen cada vez más frecuentes. Yo no puedo moverme, ni hablar, ni actuar. Mi hermana dice algo. Mamá, ahora sí, quita el freno de mano (papá se retuerce como si lo estuviéramos arrollando) y acelera el auto hasta llevarnos hasta la planicie.

De Neuquén a Buenos Aires. Brumosos, sofocantes, sólo quedan recuerdos infestados de angustia y de dolor. Evocaciones venenosas. Las esquirlas dejan más que cicatrices. Heridos de guerra comentan que muchos trozos de metralla permanecen de por vida en los cuerpos.

***

Una idea, una imagen, una escena, pueden implosionar como una bomba de hidrógeno que se fabrica en la cabeza pero estalla en el pecho, desde la clavícula hasta el diafragma. La detonación paraliza los órganos, menos al corazón que, como las cajas negras de los aviones, que en realidad son rojas, continúan vivas, emitiendo señales que luego podremos recoger entre los escombros. Pero no ahora. El ruido es demasiado invasivo, las brasas del fuego parecen avivarse con el oxígeno de cada respiración.

El proyecto que alguna vez imaginamos ya no es. No existe, en realidad nunca existió. Fue mientras lo sujetamos con imágenes, anhelos, proyecciones y sensaciones. Un títere sujetado por hilos abstractos, un muñeco ventrílocuo que cobra vida por medio de las voces que le fuimos cantando en una función imaginaria. Con un público que aplaudía frente a esa obra maravillosa de la que fuimos directores. Esos planes como hijos, de quienes nos sentimos orgullosos. Los cuidamos, los amamos, los imaginamos crecer y madurar. Pero todo padre sabe que los hijos son, a fin de cuentas, seres autónomos. Nuestra sangre, nuestro oxígeno, nuestros cromosomas compartidos, sí, pero que, de un día para el otro, se convierten en otra cosa.

Nos conocimos, nos tocamos, nos amamos. Compartimos confidencias y momentos incandescentes y lúgubres.  Nos perdimos en la pasión, nos encontramos en el tedio, nos reconocimos siempre, amorosas y cómplices, en el sendero que fuimos construyendo, como las hormigas que se rozan las antenas entre sí para asegurarse, cada día, de que van juntas y seguras hacia el hormiguero que juntas edificamos.

Pero varias pisoteadas, o un pisotón imprevisto, destruye el sendero.

Lo que se forjó se funde. El hierro es denso, magnético pero maleable. En sí mismo está la capacidad de solidez y de liquidez. Tal vez las relaciones sean eso. Resistentes, resilientes pero nunca indestructibles.

La caja negra, sin embargo, siempre sobrevive a la catástrofe y en su interior registra todo lo ocurrido. Sólo es cuestión de esperar y oírla cuando reine el silencio. Es lo único que no puede derrumbarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los espacios que supimos habitar

Tal vez como se recuerda a un querido y viejo amor,  la memoria de una casa que alguna vez habitamos nos viene a retazos: con escenas, detalles, objetos, personas, anécdotas y experiencias indelebles.

En Martínez está la casa en la que viví durante casi 10 años. El otro día pasé en bicicleta por la zona y las ruedas me llevaron, como atraídas por un imán invisible, frente a aquella construcción de ladrillos y tejas negras que me albergó durante la mayor parte de mi infancia y adolescencia.

Aquí la foto.

Casa Martínez

Teníamos una perra ovejera que se llamaba Wanda. La pileta era grande pero no tenía bajito y uno tenía que zambullirse en sus profundidades como adentrándose en el mar. Mi dormitorio tenía un empapelado infantil, de flores azules y amarillas. Un Jacarandá grande y hermoso decoraba el pasto del jardín con flores violetas durante los meses de floración. Los tordos iban a comer alpiste de un recipiente cilíndrico que mi padre había colgado de las ramas de un árbol. La tortuga del vecino a veces aparecía en nuestro terreno y yo le daba unas flores rojas que ella envolvía con su lengua y devoraba lentamente. Durante unos meses hicimos clases de buceo en la piscina con dos profesores que se llamaban Aníbal Hugo y Natasha Karina. Él era peludo y sus vellos largos se le adherían a la piel por la acción del agua; ella era rubia y musculosa. El living sólo se usaba anual o semestralmente para recibir a invitados especiales. Era una zona prohibida, que había que cuidar como si se tratara de un ambiente palaciego. Un aire de realeza poseía, porque tenía anexado un comedor con una larguísima mesa de madera que era iluminada por una araña que colgaba del techo como una enorme medusa de cristal. Quique era el guardia que vigilaba la zona dentro de un auto desvencijado y chirriante. “El quiosco del gordo” quedaba a una cuadra. Yo iba a comprar golosinas y figuritas. Él era voluminoso, intimidante y antipático. Jamás sonreía. Cuqui cocinaba platos deliciosos, tenía esa habilidad que poseen los cocineros hogareños que han aprendido a cocinar por medio de la acción de manos mágicas y alquímicas, que elaboran delicias a partir de cualquier ingrediente que hubiera disponible. El garaje era inmenso y yo podía dar vueltas y vueltas y vueltas con la bicicleta hasta cansarme. La cocina tenía alacenas de un color mostaza, horrible, que evocaba épocas anteriores en donde el criterio estético es hoy difícil de comprender. Como esos baños viejos que tienen inodoros de color azul, rosado o amarillo. Los domingos eran días de asado y helado, en donde papá oficiaba de parrillero. A la mañana me mandaba a comprar los panes para el choripán mientras mamá preparaba un chimichurri excepcional.

Yo recorría las calles en una bicileta bordó, en las épocas en donde los niños podían moverse libre y despreocupadamente por la vía pública sin temores. Jugaba a que era un chofer llamado Lucio, que iba recogiendo a mis clientes por las distintas casas del barrio. Lo hacía siempre en el mismo orden, siguiendo un itinerario inamovible que debía cumplirse a rajatabla porque Lucio era un profesional A veces algún cliente faltaba o estaba enfermo. Cosas que ocurren en la vida.

Hoy vuelvo, también en bicicleta, a transitar por esas calles. Esa niña y yo nos reencontramos y pedaleamos juntas. Vuelvo la cabeza y la veo sonriendo, yendo rápido, subiendo y bajando por las veredas y saludando a Quique cada vez que se lo cruza. Pasa rápido frente a una casa particular. Tras las rejas, aparecen aquellos dos Rottweilers que me ladraban feroces y sin piedad cada vez que pasaba frente a ellos. Pedaleo y mi bicileta ya no es roja sino bordó. Mi pelo es corto, lacio y hermoso; mis piernas son blandas y ágiles. Tengo mucha más temeridad que precaución y me muevo con soltura y una felicidad que invade mi cuerpo.

Una niña que me emociona, que me pertenece, que fui alguna vez, en esa preciosa libertad que cubre la infancia antes de que nos llenemos de obligaciones, cicatrices emocionales y rigideces corporales que borran la pureza y despreocupación de la infancia.

La Jose de ayer y la Jose de hoy se cruzaron y los ojos se me humedecieron. Pedalée más rápido para que el viento los secara.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Historia de un can

Para vos, Juanita. Ángel, humanoide, férrea compañera

La lechigada color café con leche estaba desparramada por el corral. Eran ocho cachorros, algunos pequeños, otros no tanto, un par regordetes. Mamá y yo debíamos elegir; siempre alguna hembra, que suelen ser, por experiencias pasadas, más despiertas que los machos. Así había sido con Lola y con Cata, quienes iniciaron la cadena de Viszlas que ahora nos proponíamos continuar eslabonando.

Yo la vi primero, estaba en un rincón. Un poco alejada del resto, tímida, pero con la mirada más encantadora que un perrito puede ofrecer. Tenía una cinta blanca que le rodeaba el cuello. Mamá la alzó y el animal comenzó a chupetearla enseguida. Esa costumbre la sigue teniendo: lamer caras, manos, juguetes, puertas (daría la sensación de que quisiera abrirlas a lengüetazos).

Juanita hoy tiene siete años pero aparenta menos. Un par de canas en el mentón la delatan, pero su actitud vital y tamaño más pequeño que la media sugieren otra edad. Recibe piropos de todo el mundo, tiene dos tías oficiales y es influencer en las redes sociales. Duerme conmigo, ocupa mitad de la cama y su pelo corto está presente en cada rincón de la casa. La llamaron para participar del Festival de Cannes, pero no puede asistir por inconvenientes logísticos. Mamá quería llamarla Uma, pero yo luché para que por Juana. Tiene rostro de Juana, de Juanita. Juana Banana. Juanita perrita.

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El Viszla o braco húngaro es un perro de caza o animal de companía (Juanita pertenece a esta segunda categoría; de casa, no de caza). Tiene un promedio de vida de 10-14 años, olfato envidiable y se mueve bien por agua y por tierra (Juana prefiere la tierra). La raza fue utilizada para la caza en la cetrería y halconería antes de inventarse las armas de fuego y es un perro muy admirado en Europa Central.

***

Benelli es un Viszla que se desempeña como eximio cazador de faisanes en los Estados Unidos. Dice Chris Mcgee que si nunca fuiste a cazar faisanes, te estás perdiendo de una aventura up-close e in-your-face. No sé bien qué quiere decir, pero suena tentador y desafiante. Dice que te agarra un rush de adrenalina cuando vez al ave tomar vuelo. Parece ser que pega una carcajada cuando despega hacia el frío y ligeramente nevado cielo de enero. Con dos tiros, Chris y sus amigos derriban al animal. Benelli se traba en punta, patas señalando la presa, exhibiendo su musculatura congénita, equina, típica de los Viszlas. Recupera al bicho en un espectáculo memorable.

***

Pero Juanita es un perro de casa, que persigue torpemente a las palomas, le teme a los gatos y caza cucarachas en verano. Es un encanto de ver, igual, cuando corre por las plazas con las orejas al viento. Pone la nariz en punta y un puede ver cómo contrae los orificios nasales descubriendo un mundo aromático que nos es totalmente ajeno.

Tengan un Viszla. Les aseguro que disfrutarán de la mejor compañía perruna sobre esta tierra. Es una promesa. Pregúntenle a mis amigos.

FUENTES
-Juana
-https://www.vanguardworld.us/2017/01/31/benelli-amazing-pheasant-hunting-vizsla/