Sobre la bici, ayer y hoy

Se llama Chola, yo le digo Cholita. Es una de mis nuevas mejores amigas. Después de una lesión en la rodilla es mi aliada. Yo la rehabilité a ella, que estaba recluida y olvidada en un rincón de un departamento, y ella me rehabilita a mí. Una amorosa simbiosis.

Cholita

La GT Avalanche 2.0, modelo 2012, es una bicileta de montaña. Cuadro de aluminio, frenos Shimano, con horquillas delanteras fijas sin suspensión que mantienen bien pegada la rueda delantera al terreno y la hacen muy sensible a las irregularidades del suelo porteño. Tiene un peso aproximado de 15 kilos.

No hay nada como el combustible oxigenosanguíneo. Sentir el viento en la cara, los aromas cambiantes, los relieves del suelo, el trabajo de los músculos en los brazos y en las piernas. Saber que estamos ejercitándonos y transportándonos al mismo tiempo: siendo eficientes. Creernos vulnerables e invencibles al mismo tiempo. Sabernos héroes que se caen y vuelven a levantarse, que persisten, que continúan pedaleando y pedaleando y pedaleando sin importar las circunstancias. Los golpes y cicatrices como heridas de guerra, las marcas de grasa como tatuajes inevitables.

Me subo a ella como se sube un gaucho curtido a un caballo. Jinete feliz en control sobre su potro de aluminio. El ruido de la cadena indica el comienzo de una aventura compartida. A veces, en la seguirdad de las bicisendas. Otras, por las calles de la urbe haciendo slalom entre autos y baches. Lejos de los caminos bicicleteros, pedalear es como practicar esquí fuera de pista. Algo de eso nos gusta y nos llena de adrenalina. Arribar a destino es alcanzar la planicie nevada luego de una intenso y hermoso descenso por la montaña escarpada. Satisfacción plena y el deseo permanente de volver a subir.

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Susan B Anthony

Susan B. Anthony andaba en bicileta y era feliz. Reconocida sufragista y líder de la lucha por los derechos de las mujeres, vivió en los Estados Unidos en el siglo diecinueve. En 1863 fundó la Women’s Loyal National League que juntó cerca de 400.000 firmas para apoyar la abolición de la esclavitud. Creó la International Council of Women, que sigue activa hasta el día de hoy. Severeamente ridiculizada, nunca mermó sus esfuerzos y se ganó el respeto internacional con su incansable trabajo. Celebró su cumpeaños número 80 en la Casa Blanca invitada por el presidente William McKinley, y su rostro figuró en la moneda de un dólar de 1979.

Moneda Susan Anthony final

Creo que ha hecho mucho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo. Le da a las mujeres un sentimiento de libertad e independencia. Es la imagen de la femineidad libre y sin límites.

En la época de Susan el rol de la mujer se limitaba a tareas domésticas. Pero claro, llegó el momento en donde ellas comenzaron a cuestionar estas estrucutras y a exigir un lugar en la esfera pública. La bici se transformó en un emblema de esta batalla. Sobre dos ruedas, las mujeres manejaban su destino y alcanzaban una autonomía hasta el momento fuera de su alcance. Con las manos en el manubrio, la mujer reivindicaba el control sobre su cuerpo y su destino.

Pedalear con polleras y vestidos largos era imposible y muchas mujeres se calzaron el pantalón para andar tranquilas y cómodas. Para muchos y muchas esto era un escándalo. Este vestuario indecoroso y con aires “masculinos” fue revolucionario en el 1800. Un potente desafío simbólico a las nociones imperantes sobre femineidad y los preceptos victorianos que guiaban las conductas de las mujeres en ese momento.

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Annie “Londonerry” Kopchovsky era una diligente ama de casa, pero un día oyó una conversación y tuvo que tomar el desafío. Dice la leyenda (bueno, eso dijo ella a los periódicos) que Annie escuchó a dos hombres apostando que ninguna mujer podía recorrer el mundo en bicicleta y, al mismo tiempo, ganar $5000 en el camino. Dejó a su marido y a sus hijos (escándalo nacional) y se embarcó (bicicleteó) en su periplo maravilloso.

¿Ah no? ¿Que no se puede?, le gritó Annie a esos dos muchachos altivos.

En polleras largas, Annie se subió a su bici para demostrarle al universo, en ese momento, dominado y controlado mayoritariamente por hombres, que las mujeres eran perfectamente aptas física, mental y financieramente para moverse por la vida sin la ayuda de nadie. Se las arregló para vender agua en el camino, contratada por la compañiía Londonerry Lithia Spring Water, de allí su sobrenombre.

Pedaleó por Europa y el norte de África y navegó en el Pacífico Sur antes de volver a EEUU por San Francisco.

En París tuvo un pequeño altercado con tres hombres que la abordaron portando armas y máscaras. Uno de ellos tomó la rueda delantera de su bicileta y la arrojó al suelo. Ella llevaba su propio revolver y lo apretó contra las sienes del hombre que tenía a su alcance. Pero otro sujeto la tomó por detrás y le quitó la pistola. Revolvieron sus bolsillos pero sólo encontraron 3 francos que amablemente, y a pesar de la violencia precendente, le devolvieron. La caída lesionó su hombro y esguinzó su tobillo. Pero, como Maradona en el Mundial 90, ella prosiguió su camino con la fortaleza de los héroes.

Corajuda, esta Annie.

La experiencia la marcó y la transformó de una manera profunda. Dejó la pollera, se puso el pantalón, y siguió bicicleteando más y más kilómetros. Llegó a convertirse en una popular defensora tanto del ciclismo como de los derechos de las mujeres.

Kopchowsy en pantalones

El viaje más extaordinario jamás realizado por una mujer (The New York World, 1895)

Mientras comenzaba el mundo moderno, en 1890, Nueva York se iba convirtiendo en el epicentro y vanguardia de todos los cambios radicales de esa época. El voto femenino estaba a la vuelta de la esquina, el Madison Square Garden era la sede de increíbles shows deportivos y Broadway ya era sinónimo del mejor tearto internacional.  En este terreno cambiante pedaleaba Annie, que espoleó el esponsoreo del ciclismo femenino, inexistente hasta entonces, con la fuerza de una cowboy encolerizada.

La estrella deportiva más infame, sospechada fabuladora, exagerada, misteriosa, enigmática, increíble: Annie colmó todos los titulares de los diarios y la queremos porque llevó el ciclismo femenino a otro nivel.

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Bycicling for ladies (ciclismo para las damas) fue un hermoso manual que escribió Maria Ward en 1896, enseñándole a las mujeres todo lo que tenían que saber para comprar, manejar y mantener a sus aliadas emancipatorias. Cómo elegir una bicileta; cycling etiquette;las leyes de la mecánica y la fisiología; entre otros temas fascinantes.

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Ellas tenían la habilidad para coser y tejer, pero las tareas mecánicas, consideradas dominio de los hombres, estafan fuera de su rutina cotidiana. Pero “cualquier mujer que es capaz de utilizar una aguja y tijeras puede también manejar otras herramientas con igual precisión”, dijo Maria, y entonces cállense y déjennos engrasarnos libremente con las cadenas liberadoras de nuestras amadas biciletas.

¿Quieren hojear este maravilloso libro? Pueden hacerlo acá.

 

 

 

 

 

 

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La página en blanco

Remite a la escritura, pero puede aplicarse a todos los ámbitos de la vida. Lo interesante es que, lejos de ser un obstáculo, podemos colocarnos unos lentes de color ultramar y sentirlo como un aliciente, un océano colmado de posibilidades en donde podemos nadar, chaporrotear, hacer la plancha, pescar algo o zambullirnos en la profundidad.

Página en blanco

Se trata de un campo de juego repleto de oportunidades, como un estadio de fútbol vacío: los asientos desocupados, la enorme cancha verde de pasto brillante y sin pisar, los vestuarios vacantes. Pero sabemos que allí se librará una batalla. Rodará el balón, el césped comenzará a dejar las huellas de la contienda, las tribunas arderán al fragor de la pasión y se generará una experiencia, un juego de piernas y pases, con desafíos y estrategias. Un partido que puede ser deslumbrante o descolorido, con goles o las vallas intactas, crucial o amistoso. Ese estadio, como tantos otros alrededor del mundo, representa una página en blanco (o en verde) que es inscripta con los rastros de noventa minutos de sudor. Aunque tal vez no lo tengamos presente, esos minutos han sido precedidos por horas de entrenamiento, elaboración de estrategias, expectativas de los fanáticos de cada equipo, apuestas para cada lado, cerebros abocados a la organización y la logística del evento y muchos otros participantes de este espectáculo, que, al final del día,  no dejan de ser seres humanos con sus vidas y sus batallas fuera de la cancha. Pero, cada vez que suene el silbato, todos se alistarán para un nuevo desafío, que representa su pasión.

La página en blanco puede ser la oportunidad de apostar por algo nuevo y desconocido. Adentrarse en un terreno vislumbrado pero no recorrido, dejar los binoculares y acercarse sin miedo, pisando el suelo firmemente. Permanecer allí con convicción, moviéndose entre las malezas sin temor y confiando en el propio kit de supervivencia. A sabiendas de que habrá fieras que nos acecharán, pantanos que nos atascarán e insectos que nos picarán desprevenidamente. Como indios ancestrales, permaneceremos allí, poniendo el cuerpo y el corazón en esta selva magnífica pero desconocida. Tal vez sea un bosque. Divisaremos, entre los árboles, un ciervo protector que nos acompañará mientras avanzamos. Tendremos miedo de la presencia del oso, pero miraremos a ese cervatillo que con sus ojos nos transmitirá calma y valentía y nos asegurará que vamos bien. Y quién sabe, tal vez nos esté guiando por un camino alternativo para lograr nuestra meta. Habrá que sortear árboles y pozos, pero jamás rendirse, porque confiamos y visualizamos el río mágico que nos aguarda más adelante y en el cual calmaremos nuestra sed, lavaremos el sudor y remojaremos nuestro cuerpo. Caminar, caminar y caminar. Apostar y confiar en nosotros mismos y en nuestras decisiones. De a poco, con paciencia y diligencia, oiremos el rumor del río sanador.

Blanco de un bello cisne con su cuello interrogante; de una paloma que destaca del resto; de una hermosa montaña cubierta de nieve; de una sonrisa deslumbrante; de la crema que cubre un pastel delicioso.

La oportunidad de hacer un bollito con el pasado, arrojarlo al cesto y tomar una hoja nueva e impoluta. Permitirse posicionarse frente a ella con una pluma de tinta fresca y dejarla volar sin miedo. Encarar esa blancura con la espalda erguida y el corazón apuntando hacia ella, sin armaduras pero con la mano escritora lista para boxear con un uppercut contundente. Escribir con trazos desconocidos, en un nuevo idioma, encontrando, letra a letra, la propia voz, el irrepetible estilo. Con actitud lúdica y responsable. Es olvidar las palabras herrumbrosas de la menta truncada, las voces de otros, los mandatos impuestos, expresiones que no nos pertenecen o que ya no sirven. Entender que hay otro cuaderno el día de hoy confeccionado por nosotros, a nuestro gusto y medida, ajeno a todo lo demás, y que iremos armando y escribiendo con nuestra propia mano firme. Nunca mejor dicho: a puño y letra.

La oportunidad, por ejemplo, de apostar por escribir. Permitirse jugar con las palabras, darle forma a un pensamiento o sensación. Amar esta herramienta que desahoga y libera la expresión, que da forma a ideas que brotan de una manera casi mágica, y amar también el hecho de que muchas veces sea insuficiente, porque confirma, de alguna manera, que el mundo es increíble e inefable. En cierto sentido, la palabra constata, con sus posibilidades y limitaciones, el misterio vital.

La escritura construye un campo magnético de posbilidades e interpretaciones que la exceden. Decidimos, con una propuesta nerviosa y tartamuda, contraer matrimonio con ella y su impecable vestido blanco que anticipa una relación tanto en la salud como en la enfermedad, pero fruto de una pasión consumada. Un enamoramiento que se confirma cuando amamos tanto sus virtudes como sus defectos.

 

 

 

 

No mate al mate

Para que todos los seres humanos, en honor a la Pachamama y a las tradiciones nobles, se conviertan en maravillosos yerbateros. 

Tomo mate, como mínimo, dos veces por día. A la mañana, infaltable. Si puedo, también a la tarde. Me gusta el ritual. Me satisface sentirme, después de muchos años de termos y yerbas, una experta en la cuestión. Parece todo muy fácil, como soplar y hacer botellas. Pero no, tiene sus secretillos y dobladillos.

Barack tomando mate

-“Antes de que rompa el hervor” puede ser el título de una novela romántica. Si quieren exactitud científica, el agua debe estar entre los 70 y 75 grados. Para esto, ayudan enormemente las pavas eléctricas (que, según una amiga, son el mejor invento después de la rueda y la penicilina). El que se equivoque en este primer paso quemará el mate, ennegrecerá la yerba y hará que el sabor sea espantoso. Hágalo bien (tampoco es física cuántica) porque dado este infortunado caso habrá que desechar la yerba y recomenzar. Una vez escuché, no recuerdo dónde, que no sirve la trampa de agregar agua fría a la que ya hirvió. No sé si es correcto, pero intuyo que sí.

-Tener una buena yerba. Que sea orgánica, no muy amarga para mi gusto (pero si usted es amargo, compre una que se adecúe a su carácter) y sin polvo, que molesta y tapa el filtro.

-Poseer una bombilla* seria. A esto no se le suele dar mucha importancia, pero es clave. Nada de esas bombillas berretas, de chapa deslustrada, usualmente pintadas de colores chillones, que terminan en un rulito y queman los labios a la primera succión. Evitar aquellas que no cuentan con una separación con la boquilla porque ocasionan, nuevamente, la quemazón bucal. No comprar las que tienen algún sistema con resortes, que siempre terminan disparados como serpentina. Las bombillas que permiten quitar la parte inferior, que se abre en dos gajos, se ensucian rápidamente y en algún momento se vuelven enenclenques. Elegir, entonces, las bombillas de acero inoxidable, preferentemente que terminan con una leve curvatura (difíciles de conseguir: paciencia) y  permiten colocar el utensilio bien hacia el fondo del montículo yerbatero sin mover demasiado la yerba. No poseen métodos para desarticularla, lo cual les da solidez y una vida útil de 300 años. Además, suelen ser bonitas, imponentes, a veces adornadas con algún firulete que rememora épocas coloniales. Se elevan sobre el mate con elegancia, como una serpiente bella y atenta, e invitan a succionarlas con empeño.

-Comprar un mate (me niego a decirle “porongo”) razonable. Nada de vidrio, cerámica o chapa. Nada con dibujitos de Mafalda o Milo Lockett. El mate serio está hecho de cuero con costuras firmes. Puede ser de madera o de calabaza. Tiene que ser grande, profundo y de boca ancha, lo que permite una buena colocación de la bombilla, garantiza un prolongado chorro de agua y la capacidad de darle al tomador una buena cantidad de infusión. Su interior debe ser uniforme y armónico. Quiero decir, la calabaza o madera tienen que conformar un recipiente que no tenga curvaturas o pozos desprolijos. El mate es grande y redondito.

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El curado: al mate hay que “curarlo”, como si se hubiera caído y lastimado. Ponerle yerba nueva, echarle agua tibia y dejarlo reposar 24 hs. Desechar esa yerba y listo, ya está sanado, contento y con ganas de que lo llenen de yerba y lo manoseen.

El “mate mágico”: ese cuya bombilla tiene adjunto, en su cola, un disco circular que permite, una vez finalizado el ritual, quitar la yerba usada fácilmente. No tiene nada de mágico. Al principio lo parece, uno se asombra y festeja el hecho de no tener que vaciar la yerba lavada (siempre la peor parte del ritual). Pero no. Sus bombillas no suelen reunir los requisitos ya mencionados y se rompen al tercer o cuarto uso. Es ley, créame. No lo compre ni se lo regale a nadie.

El mate de goma también pretende facilitar la instancia del lavado. Son un asco, qué quiere que le diga. Para empezar, queman las manos. Queman. Las. Manos. Y la verdad es que no facilitan el vaciado que prometen. Sí, sale despedida gran cantidad de la yerba, pero mucha queda atrapada en la parte superior de estos elementos, que poseen un techito engomado. Yo sé que los creadores de estos mates ganaron algún tipo de premio de diseño, pero justamente: son estéticos, cancheros, modernos, prometen milagros…pero no son funcionales. Desilusionan enseguida al matero frecuente. Además, como los mates “mágicos”, están basados en la premisa de la vagancia. Señores, al mate hay que vaciarlo con las manos, con esfuerzo y con empeño.

El termo. No cebe con la pava (tradicional o eléctrica) porque el agua se enfría rápidamente. Evite los termos plásticos cuyo interior está hecho de vidrio. Algún día se va a caer y su interior estallará en pedazos. Pasa en las mejores familias. No hay posibilidad de remendar la situación: hay que tirarlo. Dinero (y mate) perdidos. Un ritual hecho añicos. Priorizamos los termos de acero inoxidable. Dos alertas. Primero: sus picos, esos que hay que apretar y desapretar constantemente, en algún momento fallan. No es grave y no son caros, pero qué molestia. Segundo: dicen por ahí, fuentes confiables, que muchos de estos termos, usualmente procedentes de china, contienen elementos tóxicos. Termos “truchos”. Plomo, arsénico, mercurio, cadmio, cobre. No se alarme. No, sí, alármese. Gaste unos pesos de más y no se intoxique. Los permitidos, dicen, tienen una etiqueta de la AFIP en la base que acredita su ingreso legal, y su interior debe ser liso y sin costuras. Ábralo y fíjese. No se preocupe pensando que ha estado sometido a años de agentes tóxicos. Compre un termo como la gente y cebe tranquilo. Personalmente, prefiero los de marca Stanley (nadie me está pagando para que promocione esta etiqueta; de todas maneras, si Mr. Stanley quiere hacerlo y proveerme de termos indestructibles para beneficiar a la humanidad, bienvenido sea). Dicen que son los mejores del mundo y que mantienen la temperatura del agua por 24 horas. Yo lo comprobé. Son más caros que el resto. Funcionan bien desde 1913. Usted decidirá.

El cuidado de la bombilla. No todos saben esto, me parece. Pero hay un método muy eficaz para la manutención del sorbete matero. Agua hirviendo con bicarbonato de sodio por 10 minutitos, cada 3 meses. Verá que el agua se llenará de restos negros, asquerosos. Eso es bueno. La bombilla estará limpia y se desprenderá de esa resaca que se acumula después de varios usos y que le da al mate un sabor amargo. Mucha gente le coloca a la base de la bombilla una red blanca que oficia de filtro al filtro y que se ata con un precinto. No lo aconsejo. Primero, porque si la yerba es buena y no tiene demasiado polvo este elmento es innecesario. Segundo, porque con el uso, estos filtros se van poniendo verdes, lo cual no sólo es poco elegante, sino que, además, acumula mugre. Contraproducente.

El preparado. Ponerle yerba al mate, más o menos llenarlo 3/4.  Invertirlo, taparlo con la mano y sacudirlo. Esto le quita el polvo y evita el tapado del filtro. Verá restos de polvillo en su mano, que hará volar con un soplido de Mago. De todas maneras, si sigue mi consejo, la yerba buena tiene que desprender muy poco. Después ladee el mate hacia un lado, para que quede más yerba de un costado. Vierta un poco de agua en la parte con menos yerba. Tome la bombilla, tape su boquilla y penétrela allí hasta el fondo.

El cebado: al agua hay que echarla cerquita de la bombilla, intentando que la yerba de arriba se moje lo menos posible. Llegará un momento en que esto será inevitable, el mate se irá lavando de pasada en pasada, hasta que usted estará sorbiendo una sopa verde con palos flotantes. Hay gente que evita llegar a esta instancia y cambia la yerba cuando ve que se está lavando. Yo al mate lo quiero en todas sus instancias. Como es mi amigo, estoy con él en las buenas y en las malas. En la salud y en la enfermedad. No me disgusta llegar al momento en donde el mate tiene más gusto a agua que a mate. De hecho, me agrada ¿Sacrilegio? No lo sé. Para mí el sacrilegio es tomar el mate dulce (peor si es con edulcorante), pero los gustos son los gustos. A mí me gusta agregarle yuyitos al mate (manzanilla, cedrón, un poco de lavanda) pero hay gente que, desprevenida o no avisada al respecto, lo escupe apenas lo prueba.

La bombilla NO SE MUEVE. Nunca. No es el sorbete de un daiquiri. Déjela tranquila en su sitio.

*el sorbete que se utiliza para beber la infusión. Lo aclaro por si me lee alguien de Australia, Croacia, Singapur, Serbia o Montenegro.

 

De qué hablo cuando hablo de escribir. Haruki Murakami

Escribir novelas no es un trabajo adecuado para personas extremadamente inteligentes. Es un trabajo lento, de marchas cortas. Los escritores expresan algo que está en su mente o en su conciencia en forma de narración. La diferencia entre lo que existe en su interior y ese algo nuevo que emerge supone un desajuste del que se servirá el escritor como si fuera una especie de palanca. Una operación laboriosa, compleja, poco directa. Si la persona tiene un mensaje claro y definido en su mente, no tendrá necesidad de transformarlo en una narración. Es más rápido y eficaz verbalizar esa idea de manera directa. Una persona con extensos conocimientos no necesitará servirse de un “recipiente” extraño como las narraciones, que por naturaleza suelen ser algo enmarañado. Muchos críticos literarios son incapaces de entender una determinada novela o narración porque son más inteligentes y agudos que los propios escritores, y a menudo son incapaces de sincronizar el movimiento de su inteligencia con un vehículo que se desplaza poco a poco, como sucede con las narraciones. Escribir novelas es un trabajo con un rendimiento muy escaso. Consiste en una constante repetición de un “por ejemplo”. Supone una cadena infinita de paráfrasis, como una muñeca rusa de cuyo interior siempre brota una más pequeña. Los escritores son seres necesitados de algo innecesario. Sin embargo, en ese punto indirecto e innecesario existe una verdad. En nuestra sociedad hay muchas capas superpuestas formadas por elementos ineficientes y de poco rendimiento y también por elementos eficientes y muy precisos. Cuando falta alguno de esos elementos (al romperse el equilibrio entre ellos), el mundo se deforma sin remedio.

“Puede que ahora sea duro, pero es muy posible que en el futuro tenga consecuencias positivas”. No abandonar nunca ese punto de vista. Llegué a un lugar menos escarpado y más abierto que antes. Tomé aliento, miré a mi alrededor y me vi a mi mismo de pie en mitad de un paisaje nuevo. Tomé conciencia de que era más fuerte y un poco más inteligente.

Escudriñar lo que hay en ti. Lo que te divierta. Desprenderse de lo innecesario y superfluo. La base de cualquier tipo de expresión artística: una alegría espontánea y abundante. Impulso interior.

Adquirir el hábito de observar en todos sus detalles los fenómenos y acontecimientos  que tienen lugar delante de nuestros ojos. Conservarlas en nuestra mente, sin llegar a conclusiones definidas. Mi cabeza no funciona lo suficientemente rápido para alcanzar una conclusión. En lugar de eso, intento grabar los detalles en mi memoria. Días más tarde, ya tranquilo, con tiempo suficiente, examino el asunto con cuidado, lo observo desde varios ángulos distintos. El escritor es alguien que, a pesar de formarse una idea más o menos clara en su mente, se detiene para repensar cuestionándose a sí mismo. La imaginación es una combinación de recuerdos fragmentados e incoherentes. Información archivada en la taquilla de la memoria. En la mente hay muchos cajones que contienen infinidad de recuerdos e informaciones. Mientras escribo, abro el cajón que me parece que puede ser útil, extraigo el material de su interior y utilizo la parte que conviene a la historia. Mi conciencia dispone de un automatismo gracias al cual recuerdo el contenido de cada uno y lo localizo de inmediato. Es como si la imaginación se separase de la conciencia y empezara a moverse libremente por un espacio tridimensional. Abrir la puerta del trastero, juntar todo lo que podamos (aunque solo sean cacharros viejos) y después esforzarnos por añadir un poco de magia. Descubrir el hecho concreto y maravilloso de que somos capaces de usar la magia. Alguien capaz de escribir una novela es alguien capaz de comunicarse con otros planetas. Aunque el material que tenemos entre manos sea ligero, limitado, una vez bien combinado y sazonado con ese poco de magia, nos permitirá levantar una historia hasta donde queramos.

Los escritores que empiezan desde el primer momento a trabajar con materiales muy pesados tienden a dejarse arrastrar por ese peso (ej: Hemingway, movido por la fuerza inherente de los materiales que manejaba, experiencias vitales intensas, necesitaba de constantes estímulos externos; sus novelas posteriores flaquean de potencia y viveza; terminó suicidándose). Con el paso de los años, el dinamismo disminuye. Se puede escribir una novela a pesar de no contar con experiencias tan potentes. Hay una expresión japonesa que dice “La madera se hunde y la piedra flota”. A veces suceden cosas que en condiciones normales parecen imposibles.

Constancia. Regularidad. Me impongo la regla de completar diez páginas al día, como cualquier persona que ficha a la entrada y a la salida del trabajo. No hace falta ser un “artista”. Alivio inmenso. Antes que artista, un escritor debe ser libre. Hacer lo que quiere, cuando quiere y como quiere. Es mejor ser una persona corriente pero libre. Isak Dinesen: “Escribo todos los días poco a poco, sin esperanza ni desesperanza”. Creo firmemente que lo conseguido a base de perseverancia se demuestra con el tiempo. Manejar el tiempo con respeto y cortesía. Convertirlo en un aliado.  Debemos ser capaces de controlarlo hasta cierto punto. “El tiempo y la marea no esperan a nadie”. Tenerlo en cuenta. Ser activos y dinámicos, cargarnos de intenciones.  Lo que saca el verdadero valor de algo es el tiempo. Al escritor no le queda más remedio que aceptar la realidad en silencio. Lo único que puedo afirmar en este momento es que he dispuesto del tiempo sin escatimar; y que me he esforzado hasta el último aliento para dar lo mejor de mí mismo. Las carencias se pueden superar con esfuerzo, pero las oportunidades perdidas no se recuperan.

Fases de recuperación. Es tan importante el tiempo que dedico al trabajo como el tiempo en que no hago nada. Dejar que los materiales “duerman” durante cierto tiempo. El aire corre y el conjunto se solidifica.  Seco, solidificado. Guardar la novela en un cajón entre dos semanas y un mes, y olvidarse de su existencia. Después, reelectura y reescritura. Salen a la luz defectos antes invisibles, me siento capaz de distinguir qué tiene profundidad y qué no. También m cabeza ha descansado y se ha aireado. Luego de las correcciones, llega el momento de pedir opinión a una tercera persona (mi mujer).

Si algunos lectores notan un calor profundo como el de las aguas termales, me sentiré verdaderamente satisfecho. Es más importante creer y confiar en nuestras sensaciones reales que en cualquier otra cosa. No importan los reproches.

Cuando me convertí en escritor profesional empecé a correr. Desde entonces, y durante más de tres décadas, tengo por costumbre salir a correr o nadar durante una hora casi a diario. Nunca he enfermado ni me he lesionado. Con el ejercicio anaeróbico la red neuronal del cerebro se extiende, se hace más tupida. Gracias a ello, la capacidad de aprendizaje y la memoria aumentan y, como resultado, es posible modificar el pensamiento con mayor flexibilidad al tiempo que se desarrolla la creatividad. Los procesos mentales pueden ser más complejos y la capacidad imaginativa aumenta. La combinación diaria de ejercicio físico y trabajo intelectual, produce un efecto idóneo para el trabajo creativo del escritor. Para mí el esfuerzo físico que deben hacer todas esas personas que trabajan por cuenta ajena y se suben a un tren atestado todas las mañanas es infinitamente más duro. Me parecía que el acto de correr representaba de una manera clara y sencilla la esencia de algunas cosas que siempre he sentido que debía hacer en mi vida. Un mantra: “es algo que debo hacer y mantener como sea”. La necesidad de correr me ha empujado por la espalda, me ha animado como una voz cálida y susurrante. En las frías mañanas de invierno, en los calurosos mediodías de verano, ese sentimiento me ha ayudado a resistir el cansancio. Escuchar lo que el cuerpo dice y siente es importante para una persona que cree en algo. El espíritu o la mente no dejan de ser extensiones del cuerpo. La frontera entre espíritu, mente y cuerpo no está clara y bien definida. El fundamento de todo escritor es contar una historia. Es penetrar en la parte más profunda de la conciencia. Es sumergirse en la oscuridad del corazón. Lo mismo sucede con los cimientos de un edificio: cuanto más alto, más profundos deben ser. Cuanto más precisa es la historia, más oscuridad habrá en los pasadizos subterráneos, más intensa y densa se volverá. El escritor encuentra lo que necesita en lugares así, es decir, encuentra el alimento imprescindible para su novela y después regresa con ello al territorio exterior de la conciencia. Una vez allí, debe transformarlo todo en frases para darle forma y sentido. A veces la oscuridad está llena de peligros. Quienes la habitan tratan de ofuscar a quienes se aventuran en su territorio con muchas tretas, adoptan formas diversas y se presentan como todo tipo de fenómenos. Es un lugar donde no hay indicaciones ni tampoco mapas. Es una oscuridad donde se mezclan el inconsciente individual y el colectivo; también lo antiguo y lo actual. Para oponerse a esa fuerza que emerge de un manto telúrico, para enfrentarnos a diario a los peligros que nos acechan, es imprescindible oponer una fuerza física. Es mejor estar preparado que no estarlo. Algo necesario para uno mismo. El corazón y nuestro espíritu deben hacerse resistentes, y para que perduren así en el tiempo es imprescindible desarrollar la fuerza física. Al fin y al cabo nuestro cuerpo no deja de ser el recipiente que lo contiene todo. Lo ideal es tener una mayor conciencia respecto a lo físico.  Se traduce en una fuerza interior que me hace capaz de estar sentado a la mesa durante cinco horas al día. Esa fuerza que emana de dentro no es innata, la he adquirido con el tiempo, y lo he hecho gracias a un entrenamiento plenamente consciente. Chafar la imagen idílica que tiene mucha gente de los escritores.

Talento: por muy abundante y excepcional que sea, si nadie se pone a cavar con pico y pala, lo más normal es que se quede enterrado bajo tierra por siempre. Para todo existe un momento, y cuando este ya ha pasado, la oportunidad que representaba casi nunca vuelve a aparecer. La fortuna es solo una invitación a entrar. Una vez dentro, dependerá de la habilidad, la capacidad y el talento de cada cual, de su calidad como persona, de su visión del mundo y, a veces, sencillamente, de su capacidad física.

Vivir plenamente: restablecer y cuidar el cuerpo, que es la estructura física que guarda nuestro espíritu, y avanzar firmemente con él hacia delante, paso a paso. Vivir es una lucha a largo plazo. La fuerza física y la espiritual son como las ruedas motrices de un coche. Si funcionan a la par, demuestran toda su eficacia.

Libros que ampliaron mi visión de las cosas. Mi punto de vista sobre la realidad se enriqueció al experimentar como propios los sentimientos que describían los libros. Gracias a la imaginación iba y venía con total libertad por el tiempo, por el espacio; contemplaba infinidad de paisajes desconocidos y, sin saberlo, permitía que un sinfín de palabras atravesaran mi cuerpo. Es decir, no solo veía el mundo desde donde me encontraba, sino que terminé por observarme a mí mismo desde un lugar lejano mientras contemplaba el mundo.  Si uno solo ve las cosas desde un punto de vista, el mundo se hace pequeño, se espesa. Al mismo tiempo, el cuerpo se endurece, el juego de piernas se ralentiza y terminamos por ser incapaces de movernos como nos gustaría. Por el contrario, si uno es capaz de mirarse a sí mismo y el lugar que ocupa desde distintos ángulos, es decir, ocupar otros sistemas, el mundo se expandirá, se convertirá en un lugar más flexible y tridimensional.

Uno de los conceptos opuestos a la imaginación es la eficacia. Como individuos debemos levantar un andamiaje de ideas y pensamientos libres que sirva para oponernos a un sistema de valores nocivo y peligroso basado en conceptos como la rapidez y la eficacia. Nuestra obligación es hacer extensivo ese andamiaje a otras comunidades. Mi deseo con relación al sistema educativo es sencillo: que no aplaste la imaginación de los niños que la tienen. Me gustaría que les dejasen espacio para que sus personalidades encuentren un camino propio, una forma de sobrevivir.

No queda más remedio que tomar impulso y seguir adelante: “Me da igual lo que digan por muy tremendo que resulte. Lo importante es escribir lo que yo quiera y como yo quiera”.

Descargas de frustración y rabia de gente del mundillo literario de la época, escritores, críticos, editores…Había un descontento casi depresivo en ese ambiente al darse cuenta de que la influencia y la existencia misma del mainstream, la corriente dominante de la considerada literatura pura, habían desaparecido, se habían perdido. Poco a poco se producía un cambio de paradigma, pero el sector editorial se resistía. Imagino que resultaba insoportable aceptar algo que se interpretaba como una debacle. Por eso juzgaban lo que yo escribía, tal vez mi propia existencia, como la causa primera de la ruptura y desaparición de un statu quo que nunca debería haber cambiado. Querían eliminar la que consideraban la causa primera a toda costa, como leucocitos que atacasen a un virus invasor. Es así como lo siento. En mi opinión, si se sentían amenazados por mi existencia, el problema no estaba en mí, sino en ellos. Yo nunca he tenido la impresión de escribir refritos. Más bien me parece que me he esforzado mucho por buscar nuevas formas de expresión, nuevas posibilidades de la lengua japonesa.

Cuando la realidad social cambia dramáticamente, el cambio en la narrativa es inevitable. La realidad social y la de una narrativa concreta terminan por conectarse en el espíritu de cada individuo, en su inconsciente. La narrativa como tal existe como metáfora de la realidad circundante, y la gente reclama textos acordes con lo que sucede a su alrededor, con lo que les pasa a ellos. Un sistema nuevo de metáforas que ayude a comprender un entorno cambiante. De ese modo tienen la impresión de no ser expulsados de él. La narrativa como engranaje, como ajuste. La gente puede aceptar una realidad inestable a su alrededor y mantener al mismo tiempo la conciencia de estar conectada a esos dos sistemas, el social y el narrativo. Distintas culturas y públicos entienden y asumen esas transformaciones de formas distintas. La separación entre el mundo objetivo y el subjetivo es distinta entre sociedades orientales y occidentales.

Es maravilloso colocar banderas sobre un mapa en lugares donde aún no hemos estado.

Libro prestado (y aún no devuelto) por Martina Merelle.

Jitterbug Perfume. Tom Robbins

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“The beet is the most intense of vegetables. The radish, admittedly, is more feverish, but the fire of the radish is a cold fire, the fire of discontent not of passion. Tomatoes are lusty enough, yet there runs through tomatoes an undercurrent of frivolity.  Beets are deadly serious.
Slavic peoples get their physical characteristics from potatoes, their smoldering inquietude from radishes, their seriousness from beets.”

BeetWatercolor