La actriz y el vaso de cerveza

Me gustan esas obras independientes, en salas venidas a menos, con pocas butacas incómodas y la pintura de las paredes descascarada con rastros de humedad. Maquillaje discreto, decoración mínima, todo es puro gesto de actor. Espectáculos que respiran con esfuerzo, con mucho cariño y poco dinero. Una persona encantadora, bella y enferma que te sonríe desde la cama y te agradece la visita. Al finalizar la obra, muchos de los actores se mezclan con la gente, a veces responden a los saludos y otras veces sólo sonríen y van directo a la barra para tomar algo. Aquella vez la actriz me miró por encima del borde del vaso, la boca invisible perdida entre la espuma de la ceveza y las pupilas ascendidas hacia los párpados, mirándome con ese verde que tanto disfruté desde la primera fila pero que ahora, lejos de la luz del reflector, es curiosamente más intenso. Nuestras miradas se sostienen por dos o tres segundos, los necesarios para indicar interés. Algún tipo de interés. Indefinido. Pero esperanzador. Mi cerebro decodifica el estímulo enseguida, embriagado por el deseo, y construye una fórmula que suma interés más atracción. La tensión se sostiene aunque las miradas se desvían. Ya no nos estamos viendo, pero percibimos, a la distancia, los gestos que hacemos para liberar cinéticamente la tensión que nos recorre. Ella hace algo con el pelo. Yo me saco la campera. Incomodidad cómoda. Nerviosismo y sonrisa interna. Le propongo a mi amiga ir a tomar algo, que tengo tantas ganas de una cerveza. Vamos. Me siento muy cerca de ella. La tensión ya no es sustantivo sino verbo. No quiero dejar nunca el espacio de ese campo electromagnético que se formó entre las dos, tan evidente para ambas pero invisible para el resto. Yo hablo con Victoria, ella habla con un Nicolás. Nuestras voces dicen cosas, con nuestros cuerpos nos comunicamos mudamente. Yo miro a mi amiga por encima del vaso de cerveza pero con una mirada despojada de cualquier rastro de atracción,como para comparar y comprobar la diferencia. En la réplica de ese gesto siento que me acerco un poco más a ella. Le digo, sin decirle, sin que capte jamás mi mensaje: mirá, hago lo mismo pero no tiene nada que ver. Pido otra cerveza y nuestras miradas se cruzan nuevamente.

Qué hago, cómo hago.

Nos tenemos que ir, me dice Victoria. Nos vamos. Nadie hizo ni dijo nada.

Unos meses más tarde usaré esa mirada por encima del vaso de cerveza. Encantaré a alguien pudo responder al mensaje sin restricciones. Explicitando lo que hay que explicitar. Porque la actriz puso lo suyo en el escenario y yo sólo me mantuve como una espectadora obediente, muda y cobarde.

Y, como aquella vez, el gesto me recordará a ella, donde sea que esté, y el deseo recorrerá mi cuerpo, aunque sea por un instante.

 

Una vez, alguien me propuso una cita distinta. No me dio demasiados detalles, sólo me indicó que involucraba caballos y algunas horas de ruta. En caso de rechazar esa propuesta más osada, me proponía una obra de teatro que, según le habían comentado, era “buena y original”

Me gusta el teatro, sobre todo el de esas obras independientes, en salas venidas a menos, con pocas butacas incómodas y la pintura de las paredes descascarada con rastros de humedad. Espectáculos que respiran con esfuerzo, con mucho cariño y poco dinero. Una persona encantadora, bella y enferma que te sonríe desde la cama y te agradece la visita. Al finalizar la obra, muchos de los actores se mezclan con la gente, a veces responden a los saludos y otras veces sólo sonríen y van directo a la barra para tomar algo. Aquella vez la actriz me miró por encima del borde del vaso, la boca invisible perdida entre la espuma de la ceveza y las pupilas ascendidas hacia los párpados, mirándome con ese verde que tanto disfruté desde la primera fila pero que ahora, lejos de la luz del reflector, es curiosamente más intenso. Nuestras miradas se sostienen por dos o tres segundos, los necesarios para indicar interés. Algún tipo de interés. Indefinido. Pero esperanzador. Mi cerebro decodifica el estímulo enseguida, embriagado por el deseo, y construye una fórmula que suma interés más atracción. La tensión se sostiene aunque las miradas se desvían. Ya no nos estamos viendo, pero percibimos, a la distancia, los gestos que hacemos para liberar cinéticamente la tensión que nos recorre. Ella hace algo con el pelo. Yo me saco la campera. Incomodidad cómoda. Nerviosismo y sonrisa interna. Le propongo a mi amiga ir a tomar algo, que tengo tantas ganas de una cerveza. Vamos. Me siento muy cerca de ella. La tensión ya no es sustantivo sino verbo. No quiero dejar nunca el espacio de ese campo electromagnético que se formó entre las dos, tan evidente para ambas pero invisible para el resto. Yo hablo con Victoria, ella habla con un Nicolás. Nuestras voces dicen cosas y con nuestros cuerpos nos comunicamos mudamente. Yo miro a mi amiga por encima del vaso de cerveza pero con una mirada despojada de cualquier rastro de atracción, por supuesto, como para comparar y comprobar la diferencia. En la réplica de ese gesto siento que me acerco un poco más a ella. Le digo, sin decirle, sin que capte jamás mi mensaje: mirá, hago lo mismo pero no tiene nada que ver. Pido otra cerveza y nuestras miradas se cruzan nuevamente.

Qué hago, cómo hago.

Nos vamos.

Unos meses más tarde usaré esa mirada para encantar a alguien que ha sabido responder al mensaje sin problemas. Explicitando lo que hay que explicitar. Porque la actriz puso lo suyo en el escenario, y yo sólo me mantuve como una espectadora obediente, muda y cobarde. Y, como aquella vez, el gesto me recordará a ella y el deseo recorrerá mi cuerpo, aunque sea por un instante

 

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La sangre de París me salpicó

La articulación del microcosmos con el macrocosmos es simple y compleja al mismo tiempo. Comprender la inseparabilidad entre sujeto y ambiente es trascendental. La reverberación entre ambos es innegable. Es una ley fundamental que me conmueve. Daisaku Ikeda, líder budista y pacifista, transmite la firme convicción de que la verdadera revolución humana consiste en luchar por la felicidad propia y desplegar el potencial innato dentro de cada uno de nosotros, para así iluminar al resto de los seres humanos y, por extensión y sin pretensión, al resto de la humanidad entera.

Pero después veo un documental sobre atentados terroristas en París y me enoja. Por qué.

Conozco una enfermera que realiza misiones humanitarias en Asia y en África. Ha escrito un par de memorias que compartió con familiares y amigos. Su relato varía: de la concepción del mundo como una mierda (así lo expresa ella, en varias oportunidades), a la esperanza y la humanidad reveladas en pequeños detalles de autosuperación y fortaleza. Algo que escribió quedó fijado en mi memoria: sufre más un millonario drogadicto encerrado en su mansión que un bengalí que ha sido forzado al exilio por un ejército despiadado que asesinó a su familia. Por qué? Porque no está solo. Junto a otros semejantes, se puso de pie, transitó la frontera y decidió buscar nuevos horizontes en lugar de quedarse paralizado por la furia y la desazón.

Por qué me enoja lo de noviembre de 2015. Por qué me hace sentir ridícula, idealista e irresponsable lo del Bataclan, el Carillon, el Comptoir Voltaire, La Belle Équipe. Por qué, súbitamente, me traspasa el pensamiento punzante de que el heroísmo es individual, racional y sufrido. Por qué la concepción de la importancia del maestro que puede ayudar al discípulo se descompone en mi interior. Por qué lo veo como una señal de flojera y debilidad. Por qué bregar por la paz mundial es visto ahora, en un instante, como una imbecilidad. Por qué la ráfaga balacera ha alcanzado a mi espíritu, que sangra. Por qué la sangre, el olor a pólvora, los gestos transidos de los sobrevivientes, el profesionalismo de los bomberos y las llamadas a los centros de emergencia son asociados más a la materialidad que al espíritu. Por qué pienso que mi revolución humana sería estar allí, acompañando las últimas horas de vida de una mujer baleada en el pecho, como hizo un parisino compasivo; esa mujer cuya condición era grave y sin embargo  dijo estar bien, porque consideraba que era preciso atender a otros antes que a ella. Por qué la vista de tres hombres ametrallados, disparando salvajemente contra la vida entera, deforma mi esperanza. Por qué un bosque de árboles talados anula la experiencia gozosa de un precioso jardín de cerezos. Por qué veo al cazador tomando la cornamenta de un ciervo asesinado y ya no a ese animal mágico que es símbolo de delicadeza y fortaleza, corporificazión del postulado potente que nos urge: arremete y triunfa, arremete y triunfa, arremete y triunfa.

Estar desahuciado es estar despojado de espíritu. Es un líquido sanguinolento con aroma a veneno.

Precisamente aquí, cuando caemos en el abismo de la desesperanza, es cuando debemos tomar conciencia de que es justamente esa actitud la que construye a un ejecutador desbocado.

¿Me duele?¿Me enoja?¿Me frustra? ¿Anula mi esperanza? Con más razón, con más razón, con más razón, con más razón. No hay otra alternativa que mirar al mundo desde el humanismo y asumir la responsabilidad personal y social de convertir el veneno en medicina. La balacera es una muestra contundente de la necesidad imperiosa de abrir nuevos caminos. Pero no se hace desde la arrogancia. Se hace desde el amor y la compasión, desde el respeto a la dignidad de la vida. Es lógico: el veneno tiene un sabor amargo que descompone las entrañas. Sentirlo invita a actuar y a pensar distinto, a emplear todo el ser en aras de una ciudadanía mundial que abrace la paz.

Es muchísimo veneno, sí. Pero ese veneno es un espíritu que tomó esa forma. Siempre es así. Si cambia el espíritu, la forma puede ser otra. El veneno se puede convertir en medicina.

La valentía es una actitud.

“La filosofía auténticamente universal no flota en un limbo abstracto. Por el contrario, penetra profundamente en el corazón y en el alma de los hombres anónimos, se transmite de corazón a corazón, cruza fronteras para unir al mundo. En verdad, el pueblo es la tierra madre de la cual brota la universalidad” 

“Ir hacia una época de decisiones tomadas por la sabiduría colectiva de los pueblos. Establecer un cimiento espiritual, un zeitgeist, un nuevo orden internacional basado en la paz, reemplazando el poder duro de las herramientas políticas, económicas y militares por nuevos instrumentos de poder moderado que actúen a través de estructuras, leyes, medios de información y negociaciones pacíficas” 

Daisaku Ikeda. El nuevo humanismo. Fondo de Cultura Económica, 1995

 

Captura de pantalla 2018-06-06 a las 12.20.47La liberté guidant le peuple, 1830, Delacroix

La mente a picotazos

La mente dispersa. Canicas desperdigadas sobre un patio del recreo que se mueven y generan remolinos de colores, sin belleza, más bien como un cardumen asustado de pequeños peces transparentes cuyas vísceras se ven; los niños de alrededor están petrificados, sonrisas paralizadas en sus rostros, gestos lúdicos que los han animado pero que ahora parecen atascados como resultado de una maquinaria repentinamente sin combustible.

Una niña construyó un castillo de arena, su madre se conmovió y la felicitó por su labor; ahora la arena es sucia, informe, hecha de caracoles destrozados, granos negros difíciles de manipular, materia triste con la que resulta imposible edificar el sueño arquitectónico infantil, atemporal.

Un hombre cuyo cuerpo se distingue apenas, a la distancia, desdibujado por la lluvia cortante, sobre un lago hermoso que hoy es inclemente, un colchón de agua que no permite descansar, un barquito a la deriva y los remos que flotan lejos; palos recios pero que de repente se han vuelto verdes, blandos y putrefactos.

Una mujer sonrojada por el vapor de la olla, remueve maquinalmente un líquido fangoso que burbujea a desgano al calor débil de una llama azul; ella está inapetente y arroja condimentos que no figuran en la receta original, sabe que el plato será inviable.

Un corredor se mueve a toda velocidad y ya no tiene aire, se va ahogando a cada zancada, tiene la cara roja pero continúa con su marcha desbocada, la vista se le nubla, no siente las piernas, todo es mente porque el físico está desdibujado y amenaza con desplomarse en el pavimento como un baldazo de agua arrojado al suelo.

Captura de pantalla 2018-05-22 a las 12.15.20

La guerra hoy: mil perdrones

Guerra de Vietnam
Noviembre 1955-abril 1975 (20 años)
Lugar: Vietnam, Laos y Camboya
Combatienes: Vietnam del Norte (apoyado por Corea del Norte, la Unión Soviética, China, el Viet Cong, el Khmer Rouge y Pathet Lao; con el soporte militar de la USSR y Cuba) contra Vietnam del Sur (apoyado por Corea del Sur, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, la República Khmer y el reino de Laos; con el soporte militar de Taiwán)

Empezó con John Fitzgerald Kennedy en USA y Ho Chi Minh en Vietnam del Norte.

El primer conflicto televisado de la Historia.

La primera derrota militar de los Estados Unidos.

El “síndrome de Vietnam” fue el sentimiento de derrota e impotencia sufrido por la sociedad estadounidense luego de la derrota.

Fuerzas: 1.400.000 vs 860.000
Muertes: 370.000 vs 850.000
Además de los soldados se estima un total de muertes de más de 4 millones de personas

Resultado: vitoria decisiva de Vietnam del Norte; derrota militar y política de los Estados Unidos

Consecuencias: desaparición de Vietnam del Sur; instauración de gobiernos socialistas en Vietnam, Camboya (masacre de los Jemeres Rojos bajo el mando del dictador y genocida Pol Pot) y Laos.

Cambios territoriales: unión de Vietnam del Norte y Vietnam del Sur en la “República Socialista de Vietnam”.

***

La secuencia inicial de “Apocalypse Now” muestra un paisaje tropical (la ciudad de Saigón, en Vietnam, hoy Ho Chi Minh). Se oye el sonido de las aspas de un helicóptero; enseguida se levanta una polvareda y comienza a sonar la canción “The End” de The Doors. De repente, las palmeras comienzan a arder envueltas en un fuego incontrolable. This is the end, my only friend, the end of our elaborate plans, the end of everything that stands.

 La imagen de la cara sudada de Martin Sheen se funde y se confunde con las llamas, las palmeras, los giros de un ventilador encendido, que pretende, inútilmente, apaciguar el calor. En su cuarto: anotaciones, papeles y documentos, un vaso de whisky medio vacío y un revólver sobre de la cama, el sonido del ventilador, la cara de él, que está paralizado, el arma, el sonido del ventilador, pac, pac, pac, persistente. Encerrado en su cuarto, el personaje de Sheen comienza a desmoronarse.

Mierda, sigo todavía en Saigón. Cada mañana pienso que voy a despertar nuevamente en la selva. Al principio era peor: me despertaba y no había nada. Prácticamente no le dije nada a mi mujer, hasta que al final dije sí al divorcio. Cuando estaba aquí quería estar allí; cuando estaba allí lo único que pensaba era en regresar a la selva. Hace una semana ahora que estoy esperando una misión. Ablandándome. Cada minuto que paso dentro de esta habitación me siento más débil. Cada vez que miro a mi alrededor las paredes parecen encogerse cada vez más.

Fuck, fuck, fuck, fuck, yeah, do it, fuck fuck, canta ahora Jim Morrison.

Lo vemos de pie, perdiendo los estribos. En calzoncillos, empieza a contorsionarse, a rodar sobre la cama, a realizar gestos de combate; le pega un puñetazo a una lámpara, ocasionando una herida en su mano que empieza a sangrar; y él se fascina con la sangre, con la cual embadurnar su cara, mientras le da fuerte al alcohol, lo echa sobre su boca de manera obscena, dejando que chorree por su pera y por su pecho. Está desnudo, tiene un rostro de angustia desesperante: es un llanto, es un suplicio.

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Una película que pinta un retrato incómodo de la guerra de Vietnam. Un conflicto inútil que deja sus marcas en los soldados (no sólo norteamericanos, claro está). El foco puesto en ellos muestra: evasión, desesperación, confusión, sexo, drogas y Rock N’roll.

La guerra te cambia, no quedas indemne luego de tu paso por el terreno enemigo, más si el campo está minado y repleto de túneles y emboscadas. Booby traps.

Como suele suceder en este tipo de conflictos, los combatientes desarrollan su propia jerga. Una consecuencia de una camaradería necesaria, un código propio para desenvolverse frente a las líneas enemigas, glosario para una situación inefable. En cierto sentido, este lenguaje compartido grafica la dinámica de una guerra. Le da carne, sonido y voz. Imaginamos al Comandante Johnson vociferando por encima del ruido ensordecedor de los disparos. Vemos a los Marines descendiendo, como mosquitos, de las entrañas del moscardón, dialogando desde el aire. La guerra, las guerras de antes, eran eso: barro, gritos, llantos, explosiones, desmembramientos, sangre, orina, mierda, líquidos, empastes, trampas, evasiones, cicatrices.

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Chuck, Charlie, Gooks, Dinks, Slopes: término peyorativo para referirse a los soldados del Vietcong o a los miembros del ejército de Vietnam del Norte

Rat: un soldado entrenado para entrar en espacios reducidos como el complejo sistema de túneles erigido por los vietnamitas

Rat

Birds, Choppers: helicópteros

Jungle, Field, Indian country, Bush, Boonies: las áreas hostiles alejadas de los campamentos base

Foo Gas: un tipo de mina que emplea una carga explosiva para disparar un líquido ardiente sobre un determinado objetivo/blanco

Punji Sticks: cañas de bamboo afiladas, sembradas en la tierra con el extremo punzante hacia arriba. Utilizadas dentro de las famosas booby traps vietnamitas. Sus puntas estaban untadas con heces para provocar infecciones en las heridas causadas.

PunjiSticks

Betel Nut: las hojas o raíces de la palma de betel que son moderadamente narcóticas y son masticadas por muchos vietnamitas, sobre todo mujeres ancianas, para aliviar el dolor de enfermedades en las encías. Esta sustancia, si se emplea regularmente durante mucho tiempo, ennegrece completamente los dientes.

Betel

Bong Son Bomber: un cigarrillo de marihuana gigante.

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Donut Dollies: mujeres jóvenes de la Cruz Roja ubicadas en estaciones alejadas del campo de batalla cuyo trabajo consistía en motivar y entretener a los soldados. Muchas visitaban a las tropas en áreas desoladas de la selva.

Dollys

Dollys

TARFU: acrónimo de Things Are Really Fucked Up.

Zippo: reconocida marca de encendedores que utlizaban los soldados para prenderse un porrito o vaya uno a saber qué más. Los tipos les hacían grabados en su superficie para personalizarlos.

Zippo

***

El libro más sorprendente e interesante que leí sobre la guerra es Dispatches de Michael Herr, corresponsal de la revista Esquire durante el conflicto de Vietnam. Estuvo allí dos años y escribió las crónicas más vívidas y honestas que me ayudaron a entender y experimentar la lógica de la guerra de una manera única. Herr te transporta al terreno y cuando estás allí, situado por medio de las palabras, no puedes permanecer indemne. Tampoco puedes dejar de pasar las páginas, porque aprendes sobre la naturaleza humana y te enfrentas a cuestiones difíciles de digerir pero que forman parte de lo que significa ser humano, hoy y hace miles de años. Nos guste o no. Cuando un velo se corre, jamás puede volver a su estado inicial. Enfrentarse a algo es hacerse responsable de lo que vemos. Confrontar la realidad, al qué y no al debería, querría, desearía es un rasgo de adultez. Y duele.

Dispatches-MichaelHerr

Una visión particular, no convencional, casi poética.

Michael Herr

I went to cover the war and the war covered me.

We came to fear something more complicated than death, an annihilation less final but more complete…if you stayed too long you became someone who had to have a war on all the time.

Most combat troops stopped thinking of the war as an adventure after their first few firefights, but there were always the ones who couldn’t let that go, these few who were up there doing numbers for the cameras… We’d all seen too many movies, stayed too long in Television City, years of media glut had made certain connections difficult.”

Going out at night the medics gave you pills, Dexedrine breath like dead snakes kept too long in a jar. […] I knew one 4th division Lurp who took his pills by the fistful, downs from the left pocket of his tiger suit and ups from the right, one to cut the trail for him and the other to send him down it. He told me that they cooled things out just right for him, that could see that old jungle at night like he was looking at it through a starlight scope.

‘You can’t take the glamour out of war’. It’s like trying to take the glamour out of sex, trying to take the glamour out of the Rolling Stones’. He was really speechless, working his hands up and down to emphasize the sheer insanity of it… “Ohhh, what a laugh! Take the bloody glamour out of bloody war!’.

 Somewhere on the periphery of that total Vietnam issue whose daily reports made the morning paper too heavy to bear, lost in the surreal contexts of television, there was a story that was as simple as it had always been: men hunting men.

 “Well, good luck,’ the Vietnam verbal tic…It was as though people couldn’t stop themselves from saying it, even when they actually meant to express the opposite wish, like, ‘Die, motherfucker.’ Usually, it was only an uninhabited passage of dead language, sometimes it came out five times in a sentence, like punctuation… Sometimes, though, it was said with such feeling and tenderness that it could crack your mask… Me too, every day, compulsively, good luck… and though I meant it every time I said it, it was meaningless. It was like telling someone going out in a storm not to get any on him, it was the same as saying, ‘Gee, I hope you don’t get killed or wounded or see anything that drives you insane.’

Some people just wanted to blow it all to hell, animal, vegetable and mineral. They wanted a Vietnam they could fit into their car ashtrays.

“Page took the record that was playing on the turntable off without asking anybody and put on Jimi Hendrix: long tense organic guitar line that made him shiver like frantic electric ecstasy was shooting up from the carpet through his spine straight to the old pleasure center in his cream-cheese brain, shaking his head so that his hair waved all around him, Have You Ever Been Experienced?” 

“After a year I felt so plugged into all the stories and the images and the fear that even the dead started telling me stories, you’d hear them out of a remote but accessible space where there were no ideas, no emotions, no facts, no proper language, only clean information. However many times it happened, whether I’d known them or not, no matter what I’d felt about them or the way they’d died, their story was always there and it was always the same: it went, “Put yourself in my place.”

If war was hell and only hell and there were no other colors in the palate I don’t think people would continue to make war.

***

Cyberwarfare

En la actualidad, la tecnología moderna comienza, poco a poco, a reemplazar al soldado de carne y hueso que debe “defender el honor de su país” con su cuerpo y sus jóvenes vísceras. Ya no hay más Apocalypse Now, aunque ahora, now, el apocalipsis tiene otras características. Digitaciones clandestinas. El campo de batalla ya no se define por la geografía. Cambia la lógica espacial. Trabajadores contratados en lugares remotos ejecutan sus blancos sin mancharse las manos de sangre. Yeah, kill those sons of bitches. En las pantallas las personas son manchas oscuras, bacilos que se mueven infectando la soberanía norteamericana. Porque son terroristas, cargan explosivos, son amenazas potenciales: bum y nos curamos en salud.

‘Ever step on ants and never give it another thought?’(piloto de drones)

Drone

Es interesante: en una nota de The Guardian, un piloto de drones militares que sobrevoló, desde Las Vegas, sobre Afganistán y otras zonas de conflicto, describe la manera “colorida” en la que los aviadores se referían a sus blancos (volvemos al glosario, al eufemismo, a esa manera de utilizar la lengua para chupetear, como miel, un asunto que es en realidad espinoso y amargo). “Cortar el césped antes de que crezca fuera de control”, “tironear los yuyos antes de que colonicen el suelo”. Los niños son “terroristas de tamaño gracioso”. “En el proceso, debías matar también parte de tu conciencia”.

Vuelves a tu casa, cenas con tu mujer y tus hijos, y bueno, no puedes contarles lo que pasó durante el día.

A los pilotos se los llama gamers. Juegan en turnos de casi 12 horas, 6 días a la semana. Ojos rojos. Decisiones críticas de vida o muerte. No eran terroristas: eran niños que ahora son huérfanos. Puede suceder. En las imágenes que ven son testigos de torturas y violaciones en HD. Es como ver Apocalypse Now pero sabiendo que uno forma parte de eso, que es parte del reparto, un asistente de dirección. Estás involucrado, llevas el uniforme puesto.

Drone Pilots

Pero la pantalla genera cierto desapego y elimina progresivamente la empatía. Distance creates indifference. La psicología de la distancia. Se quita el valor humano de la ecuación.

Dentro de la guerra/fuera de la guerra/dentro de la guerra/fuera de la guerra.

No existe el switch. No somos robots.

Nada de cuerpo a cuerpo, rostros pintados de negro, vestimenta militar que se camufla en el terreno antes de que el cuerpo dispare a quemarropa. “Esperábamos a que se fueran a la cama y les disparábamos mientras dormían. Un asesinato cobarde”.

Como en la escuela, a los pilotos se les daba un boletín con un registro de su desempeño que les informaba el número de “insurgentes” que habían eliminado con un joystick.

Un número real: 1.626

Pesadillas recurrentes. Depresión. Pensamientos suicidas. Burnout. Estrés post-traumático. Las secuelas del videojuego letal no difieren de aquellas experimentadas al volver de una misión terrenal. Uno supone que los recuerdos tal vez sean menos “vívidos” (no hay olor a sangre, heridas en el cuerpo, visiones de carne y hueso jamás olvidadas, amigos que conocimos y ya no están) pero no menos angustiantes. Lo dicen las estadísticas y estudios del Ministerio de Defensa norteamericano. La guerra puede ser remota, pero el trauma es físico, presente y real. Uno lo lleva encima. O mejor dicho: lo carga.

Es incuestionable, de todas maneras, que para todo ser humano quitar la vida de otra persona es un evento traumático. Gajes del oficio.

Alguien lo bautizó Militainment (siempre el mundo de la guerra y el mundo del entretenimiento estuvieron ligados. Hoy se explota esa unión al máximo). Alguien forjó el término Game Of Drones.

Drones letales en: Afganistán, Pakistán, Somalia y Yemen

Strikes under the Bush Administration: 51
Strikes under the Obama Administration: 372

Según una investigación de la CNN, en el período 2004-2015 hubo un total de 2.499 muertes en Pakistán como consecuencia de los ataques con drones. Se calcula que un tercio de los muertos fueron civiles.

Dato llamativo: los drones son controlados por la CIA, no por la Fuerzas Militares.

¿Heroico? ¿Valiente?

Mientras escribo esto no puedo dejar de pensar: no es cuestión de victimizar a estos soldados tecnológicos; ellos asesinan a miles de civiles inocentes y destruyen aldeas enteras y desgarran el tejido de la humanidad. Pero la empatía nos hace humanos, justamente. Entendemos que esos jóvenes actúan como autómatas que creen estar defendiendo su país al clickear su tablero. La guerra es absurda. Siempre lo fue. Hay una lógica de la guerra que la justifica. La ética y la lógica de la guerra son difíciles de aprehender.

¿Son héroes? El pensamiento de lo heroico suele estar asociado a la idea de sacrificio. El valor está en el sacrificio mismo y no tanto en lo que se obtiene en respuesta a él. En el caso de los soldados, el sacrificio es existencial. Según el escritor y analista William Pfaff, los soldados son tanto verdugos como víctimas. El límite moral que separa al soldado del asesino se define por esta dualidad. La violencia del combatiente está autorizada y legitimada por el Estado. Pero para que esa violencia sea honorable el verdugo tiene que ser capaz de ser, al mismo tiempo, una víctima. Se erige un derecho recíproco de matarse mutuamente. Para Paul Kahn, profesor de Derecho de la Universidad de Yale, esto debe aplicarse en el marco de defensa propia, en donde exista un riesgo real de ser lastimado o asesinado, en donde el enemigo tiene una habilidad recíproca de causar daño.

Muchos sostienen que no existe moralidad en la guerra: simplemente, teoría bélica. La guerra es un infierno, en donde cada parte hace todo lo que esté disponible a su alcance para exterminar a la otra parte.

El uso de drones pareciera ubicarse al margen de esta “moralidad” aceptada. No existe en este proceder un riesgo de ser herido o abatido. No es una lucha equitativa. Se trata de un ataque unilateral no enmarcado ni regulado en una nueva dinámica bélica.

Joseph Campbell define al héroe como alguien que da su vida por algo más grande que sí mismo. Esta definición, que contempla participar de un proyecto mayor, podría aplicarse a los pilotos de drones. El Coronel Mathewson, en una nota con el Washington Post, aclaró: “El valor, para mí, es no arriesgar tu vida…es hacer lo que es correcto por las razones correctas”. Para reflexionar.

¿Cómo se definirá el honor marcial en el futuro? ¿Los gamers recibirán medallas por su valentía?

 

Jus in bello: justicia en la guerra

Principios: discriminación (quiénes son objetivos legítimos) y proporcionalidad (cuánto nivel de fuerza es moralmente apropiada; debe haber cierto equilibrio) 

Jus in bello regula la conducta de las partes involucradas en una guerra. Son lineamientos para que se combata de la mejor manera posible una vez que la guerra ha comenzado. Busca minimizar el sufrimiento al proteger y asistir a las víctimas con el mayor alcance posible. Se aplica a cada una de las partes en conflicto si importar las causas por las cuales están combatiendo (si no fuera así, cada bando reclamaría ser una víctima de agresión).

Las reglas de jus in bello están destinadas a contener la destructividad de la guerra, prohibiendo el uso de ciertas armas, protegiendo a los civiles y limitando las áreas de combate. Pero los nuevos métodos de las guerras contemporáneas (drones, armas nucleares) violan los principios de proporcionalidad e inmunidad.

Jus in bello: los agentes de guerra son responsables de sus acciones. Cuando los soldados atacan a personas inocentes o atacan a sus contrincantes de una manera que no es razonable o violan ciertas reglas de conducta justa, no cometen actos de guerra sino lisa y llanamente, asesinatos. La Ley Internacional sostiene que cada individuo, independientemente de su rango o status, es personalmente responsable de cualquier tipo de crimen de guerra que haya cometido. Si un soldado acata órdenes que sabe son inmorales debe hacerse responsable por ello. Los tribunales de crímenes de guerra tratan estos casos.

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Nuremberg

 

 

 

 

https://www.wired.com/2016/04/eye-in-the-sky-modern-war-film/

https://cherrieswriter.wordpress.com/2014/02/13/military-speak-during-the-vietnam-war/

https://www.theguardian.com/world/2015/nov/18/life-as-a-drone-pilot-creech-air-force-base-nevada

https://www.nytimes.com/2013/02/23/us/drone-pilots-found-to-get-stress-disorders-much-as-those-in-combat-do.html

https://motherboard.vice.com/en_us/article/bmjdxq/the-curious-stressful-life-of-a-us-military-drone-pilot

https://www.youtube.com/watch?v=bGA8RFB0VSw

https://www.theatlantic.com/politics/archive/2016/01/can-drone-pilots-be-heroes/424830/

https://www.theatlantic.com/politics/archive/2016/01/can-drone-pilots-be-heroes/424830/

https://www.icrc.org/en/document/what-are-jus-ad-bellum-and-jus-bello-0

https://edition.cnn.com/2015/04/23/politics/obama-drone-warren-weinstein-hostages/index.html

 

 

 

 

 

 

También esto pasará. Milena Tusquets

Siempre he pensado que los que dicen “te quiero mucho”, en realidad te quieren poco, o tal vez añaden el “mucho”, que en este caso significa “poco”, por timidez o por miedo a la contundencia de “te quiero”, que es la única manera verdadera de decir “te quiero”.

Que yo sepa, lo único que no da resaca y que disipa momentáneamente la muerte-también la vida-es el sexo. Su efecto fulminante lo reduce todo a escombros. Pero sólo durante unos instantes, o como mucho, si te duermes después, durante un rato. Luego, los muebles, la ropa, los recuerdos, las lámparas, el pánico, la pena, todo lo que había desaparecido en un tornado como el del Mago de Oz, baja y vuelve a ocupar su lugar exacto, en la habitación, en la cabeza, en el estómago.

Lo que, en teoría, sólo ocurrió una vez en la historia de la humanidad, dejar de ir a cuatro patas, ponerse en pie y empezar a pensar, a mí me ocurre cada vez que aterrizo del amor. Cada vez, un aterrizaje forzoso.

Llevo encima el sudor de la noche y del hombre toro con el que he dormido, meto la nariz dentro del cuello de la camiseta y reconozco el olor ajeno, las huellas invisibles de la alegre invasión de mi cuerpo por otro cuerpo, de mi piel-tan dócil y permeable-por otra piel, de mi sudor por un sudor distinto. A veces, ni la ducha logra borrar esa presencia, y paso días percibiéndola, cada vez más lejana, como un vestido indecente y favorecedor, hasta que desaparece del todo.

No le digo que ya no me creo el amor de nadie, que hasta mi madre dejó de quererme durante un tiempo, que el amor es lo menos fiable del mundo.

Óscar es uno de los pocos hombres adultos que conozco que puede poner cara de ilusión. La cara de ilusión es una de las más difíciles de fingir y va desapareciendo a medida que desaparecen las ilusiones, las verdaderas, las infantiles, y son sustituidas por meros deseos.

¿Seguirá allí el mismo mar, a pesar de tu ausencia?¿O se habrá replegado sobre sí mismo, hasta hacerse tan pequeño como una servilleta pulcramente doblada y te lo habrás llevado también, metido en el bolsillo?

Una de las mejores maneras de descubrir los rincones secretos de tu propia ciudad, no los románticamente secretos, los de verdad improbables, en enamorándote de un hombre casado.

Casi he olvidado el desorden de los primeros besos, la precipitación y los maratones que preceden el aprendizaje de la lentitud y de la inmovilidad, de los gestos precisos como los de un cirujano, cuando pasamos de follar sólo con el cuerpo a follar también con la cabeza.

Todos parecemos más jóvenes cuando somos felices, pero en el caso de Elisa puede pasar de cinco a cinco mil años en dos minutos, casi nunca está en medio, será una anciana con cara de ardilla lista.

Cada uno de nosotros tiene un tema principal, un hilo conductor, un estribillo, un perfume propio que lo envuelve, una música de fondo que lo acompaña siempre, inalterable, silenciada a veces, pero persistente e inevitable.

Todos vemos cosas distintas, todos vemos siempre lo mismo, y lo que vemos nos define absolutamente. Y amamos instintivamente a los que ven lo mismo que nosotros, y les reconocemos al instante. Coloca a un hombre en medio de una calle y pregúntale: “¿Qué ves? Y en su respuesta estará todo, como en un cuento de hadas. Lo que pensamos no es tan importante, es lo que vemos lo que cuenta.

Si te gustan las personas, es imposible que no te gusten los perros.

Flota en el ambiente algo de la solemnidad y del estupor que provoca siempre cualquier alumbramiento, humano o animal. La sensación, falsa, claro, de estar a punto de poder rozar con la punta de los dedos el principio de todo, la bienaventuranza.

Hay hombres que no tienen radar sexual, o que apenas lo usan, sólo cuando lo necesitan, y luego lo apagan. Y hay otros que lo tienen encendido permanentemente, incluso cuando duermen, en la cola del supermercado, delante de una pantalla de ordenador, en la sala de espera del dentista, dando vueltas enloquecido, emitiendo y recibiendo ondas. La civilización subsiste gracias a los primeros, el mundo gracias a los segundos.

La tristeza hace que todo pese dos toneladas…Siempre agradezco que no se haga un espectáculo de la pena, ni de la solidaridad, no hacerlo con el amor es más difícil, hay algo fluorescente en la pareja de amantes, como si estuviesen en el centro justo de un remolino, como si ningún viento las pudiese arrastrar, nunca somos tan poderosos como cuando estamos enamorados y somos correspondidos…sólo el breve chispazo del sexo puede servir de sustituto, el amor de baja intensidad no sirve porque no existe.

La idea loca de que el amor es lo único que nos salvará. Los tíos, y algunas tías listas, saben que el trabajo, la ambición, el esfuerzo y la curiosidad también nos salvan. Nadie puede vivir sin determinada dosis de amor y de contacto físico. Por debajo de cierto nivel, nos pudrimos.

Nunca volveré a ser mirada por tus ojos.

La vida en un hospital va más deprisa que fuera…vida y muerte, como el Correcaminos y el Coyote de los dibujos animados, celebran carreras enloquecidas por los asépticos pasillos, esquivando, frenéticas y excitadísimas, a las enfermeras y a los visitantes, derrapando y jodiéndonos la vida.

Pero los que tuvimos la suerte de poder vislumbrar por el agujero de la cerradura de nuestra infancia los últimos coletazos del espíritu de los sesenta, la libertad sexual, la libertad a secas, las ganas de divertirse, el poder para los jóvenes, el atrevimiento, no salimos indemnes. Todos tenemos paraísos perdidos en los que nunca hemos estado.

No hay fisuras, no hay dudas, se reúnen cada semana para ver el fútbol y para tomar cerveza. A veces, envidio un poco la amistad masculina, parece un camino más llano y sencillo que la amistad entre mujeres. Lo nuestro es como un noviazgo eterno, accidentado, intenso y pasional, mientras que lo de ellos se suele parecer más a un matrimonio bien avenido, sin grandes emociones tal vez, pero sin grandes altibajos.

El sexo me gusta porque me clava en el presente.

Y nuestra historia, que después de un par de meses había empezado a agonizar-la mayoría de los amores o duran dos meses o duran toda la vida-, resucitó con el fulgor de lo imposible, lo inalcanzable y lo mítico.

Me llega un mensaje suyo. Acaba de llegar, tiene muchas ganas de verme. Y mi cabeza deja paso a mi cuerpo…como por arte de magia, mi sangre congelada empieza a circular de nuevo.

Pienso que tal vez podría pararme y proponerle ir a tomar algo (y emborracharnos y contarnos nuestras vidas con entusiasmo y a trompicones, y rozarnos distraídamente las manos y las rodillas, y mirarnos a los ojos un segundo más de lo correcto y besarnos y follar precipitadamente en algún rincón del pueblo como cuando era joven, y enamorarnos y viajar y estar siempre juntos y dormir apretados y tener un par de hijos más y, finalmente, salvarnos), pero sigo caminando sin darme la vuelta.

La primera corona que perdemos, y tal vez la única imposible de recuperar, es la de la juventud; la de la infancia no cuenta porque de niños no somos conscientes del increíble botín de energía, fuerza, belleza, libertad y candor que al cabo de unos años será nuestro, y que los más suertudos dilapidaremos sin medida.

De todos modos, la ropa siempre es un sustituto del sexo, o un envoltorio para conseguirlo. Tal vez todo sea un sustituto del sexo: la comida, el dinero, el mar, el poder, el sexo. Abro un poco la cortina y dejo que el sol de verano, tan joven e insolente, tan exacto al de mi infancia, se desparrame por la habitación.

Cuando te enamoras-aunque ella se empeña en decir que no está enamorada, que es sólo un amante, otra señal de que sí lo está-nada de lo que piensas de la persona amada  coincide con la realidad, especialmente nada de lo que tiene que ver con su atractivo físico…el amor pone todos los marcadores a cero y, si hay suerte, el siguiente hombre volverá a ser el más guapo, sexy, listo, divertido y asombroso del mundo, aunque sea medio tonto y jorobado.

El mar, sumiso o furioso, triste o eufórico, escandaloso o tímido, salpicado de barcas o vacío y cansado, parece rendir pleitesía a un lugar que ni el tiempo ni las hordas de turistas han logrado humillar.

El mar está como un plato y brilla como si todas las estrellas de la noche anterior se hubiesen caído dentro.

Lo mejor de la belleza es que suele hacer que la gente se calle y se recoja.

Ojos cerrados, cabellos de medusa bailando por encima de mi cabeza sumergida, cuerpo por fin ingrávido, me acoge, me bendice y me disuelve. Me pregunto si será el mar mi último amante.

De repente, me parece que, sin querer, estoy presenciando un acto de sometimiento voluntario, algo levemente erótico e impúdico que sólo debería ocurrir en la cama y en privado, un acto mucho más íntimo que bañarse en pelotas, una especie de servicio.

Siento la felicidad boba e irresponsable de los despertares que suceden a las noches de muchos besos y algunos mordiscos.

No follo con nadie como contigo.  -Sigo sin entender que lo que mi cuerpo afirma, cada vez de un modo irrefutable, que estoy hecha para este tío, la vida, después, se empeñe en negarlo con una vehemencia también indiscutible…Que sigamos atrayéndonos de esta manera después de tantos años es mucho…Pero no nos soportamos. Tú no me soportas. Y me sacas de quicio, nadie ha conseguido sacarme tanto de quicio.

Pienso en la buhardilla de madera y luz en la que vivo con los niños como en una pequeña madriguera confortable colgada entre los árboles, que huele a grosella y a rosa y a galletas maría y que el olor de madera y pimienta y musgo de un hombre perturbaría. Yo no puedo dejar mi buhardilla, me encanta.

La observación, no sólo el amor, nos hace dueños de las cosas, de las ciudades que hemos visitado, de las historias que hemos vivido, de la gente, de todo. Todas las cosas por las que has pasado sin indiferencia, con atención, son tuyas. Las puedes convocar cuando te dé la gana.

Con cierta heroicidad estúpida, no reniego de ninguno de mis amores ni de ninguna de mis heridas. Sería como renegar de mí misma.

De repente, vuelvo a estar en el terreno de juego, donde me siento tan cómoda y segura…algunas de las certezas más fulgurantes de mi vida me han venido mientras jugueteaba.

Ya no es un todo, es sólo un conjunto de cualidades y defectos.

Nos convertimos en una generación perdida de seductores natos. Tuvimos que inventar métodos mucho más sofisticados que simplemente tirar de la manga o echarnos a llorar…A veces me pregunto qué ocurrirá cuando esta nueva generación de niños cuyas madres consideran la maternidad una religión…mujeres cuyo único interés y preocupación y razón de ser son los niños…que inundan las redes sociales de fotos de sus retoños…de sus hijos en el váter o sentados en un orinal (no hay amor más impúdico que el amor maternal contemporáneo) crezcan y se conviertan en seres humanos tan deficientes, contradictorios e infelices como nosotros, tal vez más incluso, no creo que nadie pueda salir indemne de que le fotografíen cagando.

La tristeza vaga y persistente que me acompaña desde tu muerte, que intento sacudirme pero cuyas partículas vuelven a posarse siempre, exactas, en el mismo sitio.

Érase una vez, en un lugar muy lejano, tal vez China, había un emperador poderosísimo y listo y compasivo, que un día reunió a todos los sabios del reino, a los filósofos, a los matemáticos, a los científicos, a los poetas, y les dijo: “Quiero una frase corta, que sirva en todas las circunstancias posibles, siempre”. Los sabios se retiraron y pasaron meses y meses pensando. Finalmente, regresaron y dijeron al emperador. “Ya tenemos la frase, es la siguiente: “También esto pasará”…”El dolor y la pena pasan, como pasan la euforia y la felicidad”, Ahora sé que no es verdad. Viviré sin ti hasta que me muera.

 

 

Tiburones

Hoy leí un dato increíble: los tiburones no pueden permanecer inmóviles ya que no poseen vegija natatoria, un órgano de fotación que tienen la mayoría de los peces óseos. Por ello, no duermen, sinos se hundirían y morirían. Además, sus branquias sólo pueden absorber oxígeno cuando el tiburón está nadando.

Accionar, no paralizarse, no hundirse en la inacción. El karma es acción.

De chica tuve una etapa de fascinación por los tiburones. Los recortaba de revistas y libros, en una época de revistas y libros. Eran habituales los documentales en donde los buzos ingresaban al agua en jaulas y filmaban a los tiburones aproximándose a su encuentro, levantando la nariz y mostrando sus dientes. Usualmente, eran Tiburones Blancos (The Great White). Para enfrentar a un tiburón, había que golpear su nariz sobresaliente para impedir el mordisco fatal.

Después de ver Jaws, tenía miedo de nadar en la pileta. A veces, en el mar, estaba atenta por si aparecía una aleta de tiburón.

Dicen que huelen la sangre.

Mucha gente solía colgarse dientes de tiburón en el cuello. Cuando uno de estos peces muere y su cartílago se disuelve, sus dientes caen al fondo del océano. El sedimento arenoso que los cubre previene que las bacterias los alcancen. Cuando pasan muchos muchos años, estos huesos se convierten en fósiles muy apreciados.

La mayoría de los tiburones tienen entre 5 y 15 filas de dientes en cada mandíbula.

Los tiburones han vivido en el Planeta Tierra por más de 400 millones de años.

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A carcajadas

Siempre me gustó la palabra carcajada. Una palabra cinética, irrefrenable, imagino una carcaza abriéndose de una manera cósmica. Una carcajada irrumpe del interior con velocidad. Con violencia, hacia fuera, una descarga casi sexual. Deja sin aire y obliga a inspirar de manera asmática. Es liberadora, vamos. Son contadas pero inolvidables las veces que lo experimentamos. Siempre confío en las cosas/gentes que me hacen reír a carcajadas. Con ruido, el sonido es parte inherente del acto. Una carcajada se agradece siempre.

Sólo te falta, en este instante, reírte a carcajadas

Tengo esa frase impresa en un papelito pequeño colocado en el centro de mi escritorio. Lo sostiene una piedra de cuarzo rosada. También lo acompaña el dibujo de un ciervo, pero esa es otra historia. Capaz alguna vez comente sobre mi obsesión y fascinación por ese animal. Sospecho que algo ya dije en algún posteo anterior. No lo voy a chequear. Me lo quiero tatuar, pero no sé en qué parte del cuerpo, tampoco sé si es para tanto. Ya veremos. Acabo de escribir un artículo para un blog de turismo sobre los cinco mejores tatuadores de Miami. Se ve que todo tiene que ver con todo. Deer rima con dear, a dear tattoo. El siervo es un esclavo. Curioso que la sustitución por una c” inicial cambie todo. Eso me agrada. No soy un siervo, soy un ciervo.

Pero volvamos a las carcajadas. Rima con estar a horcajadas, expresión que me encanta, que no creo que tenga un equivalente similar en otro idioma. Se está a horcajadas en un caballo.  Andar a caballo tiene eso épico, salvaje, rebelde, erótico. Nunca decimos estar a horcajadas, sólo lo sentimos. Dan ganas de abrirse de piernas, qué maravilloso.

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Sí, tengo un Buda Sonriente que me regaló mi amigo Pablo. Nos conocimos en un avión con destino al Sudeste Asiático. Congeniamos hablando del DT argentino Marcelo Bielsa. Para echarse una carcajadita.

El Buda Sonriente: en Japón esa figura es conocida como Hotei, deidad de la felicidad y la abundancia, y es uno de los personajes más populares de Netsuke – esculturas en miniatura -de la artesanía japonesa. Es una de las siete divinidades japonesas de la suerte.

En lugar de predicar en el templo, recorría las calles con un gran saco a sus espaldas en el cual llevaba regalos para los niños, tales como frutas, caramelos, etc.

Iba a mercados y de repente comenzaba a reír y reír y reír. Su risa era mágica y contagiosa, sincera y auténtica. Su gran barriga se estremecía y saltaba con las carcajadas. Caía rodando por el suelo, contagiando a todos a su alrededor con su jovial humor. Todas las aldeas esperaban ansiosas la visita de Hotei, para ser bendecidas por su risa.

La risa era su mensaje.

Juro que lo ves y se te contrae la panza en una carcajada contenida. Tal vez haya que cerrar los ojos y dejar que aflore e inunde el espacio.